dimecres, 15 de gener de 2014

Por qué la literatura no comercial

Cualquiera que haya leído Los lloricas Els ploramiques , se habrá dado cuenta rápidamente de que es un relato, básicamente, de que se encuentra ante una obra de literatura no comercial. El hecho de autoeditar es una salida digna al periplo de negativas o, en el mejor de los casos, abusivas condiciones de las editoriales. Te relega, como sabemos, a la marginalidad, te deja al abrigo de las buenas intenciones y el poder adquisitivo del círculo de amigos y familiares que te quiere apoyar. Sabes que en la mayoría de los casos el libro se va a quedar en una estantería a dormir eternamente. Pero es una salida digna, a mi entender, al canon comercial que marca las publicaciones comerciales. Es un DIY de obligado cumplimiento: te lo maquetas tú, lo imprimes por tu cuenta y lo distribuyes como buenamente puedes, puesto que la negativa de los libreros a distribuir (y aún menos, leer y recomendar) este tipo de lecturas acaba siendo una respuesta, en ocasiones, desagradable. En el mejor de los casos, te ahorras la inversión gracias a una buena campaña de crowdfunding (que la mayoría no sabemos plantear) o dejas el escrito libre para descarga gratuita, a pesar de los problemas de distribución y lectura real que comporta. Nadie está interesado en descubrir un talento nuevo, sólo interesa vender el libro que pide el cliente, el que encontrarás anunciado aquí y allá. Porque todo el mundo parece confiar en ese filtro que tantas y tan buenas distracciones nos ha dado hasta el día de hoy. 

La distracción. Esa es la clave. Un pasaje de La isla, de Aldous Huxley me recordó la diferencia fundamental entre el entretenimiento y la distracción. Aunque ambos conceptos pueden tener un resultado parecido, es evidente que existe cierto matiz que la convierte en relevante (la obra, por si queréis saberlo, me pareció un tostón que no ha superado el paso del tiempo, y que no tenía en cuenta algunas ideas que en su época ya circulaban como el manifiesto Unabomber, aunque un buen ensayo sobre cómopensar la utopía -en mi opinión, Huxley tenía un concepto fordiano, usando los registros de su Mundo Feliz, y desprendía un liberalismo anglicano del que nos sigue llevando a la desgracia). Estamos acostumbrados a ver obras, literarias o cinematográficas que tienen una moraleja, que la básica lucha entre el bien y el mal, simplificada al máximo, aparece al rescate de una historia adornada con una relación amorosa que sin ese tinte progre de valores sería el único aliciente. Aún con todo, el entretenimiento no deja de ser entretenimiento y sirve de base a esa vertiente de la relajación, la alienación que, con una disculpa temporal bastante poligonera, recibe el nombre de evasión. Queremos escapar de nuestro día a día un ratito. Qué curioso que siempre sea por la noche... para luego volver a la realidad en la que hemos decidido no intervenir o hacerlo de modo subsidiario. 

La literatura no comercial no necesita los ejercicios clásicos de la literatura convencional, comercial. No necesita una tensión sexual irresuelta, no requiere de obstáculos para perso9najes épicos o cotidianos, no le importa carecer de ese bajón que precede el acto heróico. En realidad, la literatura no comercial está poco preocupada, incluso por el perfilado de los personajes y mucho menos por el paisaje de los miles y miles de adjetivos usados hasta la extenuación, que van a adornar una descripción hasta el último detalle, aunque no tenga interés en absoluto para el resto de la obra. Personalmente, me gusta que haya personajes, porque hacen que sucedan cosas y toman decisiones, y cierto hilo, un poco de trama, pero cuando lo que quieres es provocar una reflexión que lleve al sujeto activo a la acción, el regalo no tiene por qué estar bien empaquetado, basta con que sirva a su fin y disponga de todas las herramientas necesarias. 

Mientras escribía Los traficantes me di cuenta de que maté al malvado en el tercer capítulo y, lejos de constituir un intento de rebeldía infantil, lo hice porque quería crear un escenario de vacío de poder, en el que fueran necesario reflexionar sobre el futuro, sobre la necesidad o no de tomar decisiones, y cómo se tendrían que ejecutar. Cosas así son las que me impulsaron a matarle. Un tirano habría sido útil en un sentido práctico porque habría podido crear una historia de sublevación, mucho más comercial sobre todo si la mantenía hasta el final o la llevaba al límite. Sin embargo, mi voluntad era otra. Las prioridades no son ni el dinero ni la fama ni las ansias de llevar mi pensamiento a todos los rincones porque tampoco soy un superhombre. Mi intención es mucho más difusa. Es posible que no sepa ni yo por qué escribo, lo único que sé es que no dejaré de hacerlo. 

Mirad, acabo de encontrar en esta frase la forma ideal para finalizar este escrito, abruptamente, sin necesidad de justificarme. Mi voluntad es otra.




dijous, 9 de gener de 2014

Privatizar la sangre

"Para hoy había escogido ser Elbert Gleinstrud, una identidad falsa que había inventado para poder ir a donar sangre fuera de los periodos reglamentarios de descanso. Se había atiborrado a hierro y vitaminas para no ser suspendido en la primera prueba y llevarse, al menos, la recompensa mínima. Elbert estaba al límite de ser suspendido como donante de sangre por la mala calidad de su sangre, pero todavía lo podía intentar una vez más. En veinte minutos escasos ya había cumplido su objetivo. La tercera donación en lo que llevaba de mes. "En fin, hoy podré comer caliente" musitó para sí mientras esperaba la autorización del semáforo para pasar. El ligero mareo que te invade después de donar, sin embargo, se unió a la flojera y el dolor de cabeza que le acosaban hacía unos días, las piernas le tambalearon y ese momento de despiste bastó para que su cuerpo cayera sobre el primer carril de la calzada. Un coche veloz le embistió. Ahí acabaron las donaciones de Elbert, Josua, Gerard y Faust. Murió en el acto, sin apenas conciencia de que estaba muriendo". 

Cuando se dice "privatizar la sangre" el escenario al que estamos aludiendo es el de este microrelato: la sangre como producto sujeto a valoraciones del mercado. Si la sangre se pudiera comprar y vender libremente no estaríamos más lejos de una distopía que en 1984. Si no se tratara de la sangre no tendría ninguna objeción a jugar políticamente con ello pero es la sangre. La vida de muchas personas depende del acto altruista de ir a donar sangre, por lo que la cautela al hablar políticamente de ello debe ser la máxima. Hoy, la sangre está fuera del comercio y conviene que siga siendo así. Su tráfico está prohibido y el sector público, en estricto monopolio, gestiona las reservas y las políticas de obtención y distribución de la sangre. Eso no quiere decir, en absoluto, que deba estar fuera de nuestra mirada política, todo lo contrario, ésta debe ser intensa puesto que se trata de un asunto de la primera magnitud. No podemos permitirnos, no obstante, que una comunicación poco rigurosa ponga en jaque el sistema de transfusiones, alentando las suspicacias y poniendo en duda el carácter público de la actividad. Si la gente no va a donar por creer que se está comerciando con la sangre, entonces sí que estamos poniendo en riesgo la provisión universal y la atención indiscriminada a las personas enfermas que la necesitan. 

Últimamente corre el rumor de que la donación se está privatizando, que se tarifica nuestra sangre y se vende, como si hubiera un mercado. Eso no es cierto. El sistema público realiza la gestión en monopolio y luego carga el coste de la recogida y su tratamiento al sector privado. Si la cediera gratuitamente estaríamos ante una subvención que, en un sistema integrado de salud, sería lo que en derecho comunitario recibe el nombre de subvención cruzada. Los cobros se realizan por bolsas, ajustando el reembolso al consumo exacto realizado por las empresas privadas. Esto no quiere decir que la sangre cueste un tanto el litro. La gestión cuesta un tanto la bolsa, como fruto de un cálculo milimétrico de coste asociado a la recogida y distribución. 

Es cierto que sobre la sangre existen los mismos riesgos que sobre cualquier otra actividad. Ese riesgo no se llama privatización sino externalización. El monopolio no garantiza la aparición de zonas oscuras en la contratación o concesión de la gestión por empresas privadas, es más, esta posibilidad puede afectar a la calidad de la atención sanitaria y el bienestar de los enfermos. En cualquier caso, nuestra comunicación política tiene que estar destinada a salvaguardar esta actividad dentro de unos parámetros de garantía pública. Para conseguirlo hay que trabajárselo. Un ejemplo: en el caso de Madrid, donde la externalización es casi enfermiza y tiene por objetivo depreciar los servicios públicos para luego concederlos al sector privado (según ha denunciado hasta la saciedad la Coordinadora Antiprivatización de Madrid) se ha concedido la gestión de las unidades móviles a terceros. Después de una desastrosa denuncia de "privatización", la estrategia se ha declinado por hacer un llamamiento a realizar las donaciones en exclusiva en los centros hospitalarios, para desplazar al sector privado de la tarea. Políticamente es más responsable que decir que nuestra sangre tiene precio y se vende a peso.

Hay que distinguir, para que nuestra crítica sea acertada, varios campos de análisis:
1. APUNTAR: Atacar a los organismos que realizan la gestión de la sangre y los tejidos es un error fatal. Hay que identificar y ejercer el control sobre el nivel político que decide cómo se gestiona el sistema público. En el caso de contratos y concesiones es necesario conocer a esos proveedores y poner atención a sus intereses, sus políticas de recursos humanos, y todo cuanto nos ayude, en su caso, a denunciar públicamente sus movimientos. La comunicación política en este ámbito no puede ser simple ni visceral, sino el resultado de un análisis impecable, que marque las señales de alarma con precisión, sin vaguedades. 
2. PRIORIZAR: El control ciudadano del sistema de gestión de la sangre y los órganos debe poner en valor, y por delante, la necesidad del carácter público, gratuito y altruista de la donación. La gestión pública debe asegurar la transaparencia. El núcleo de la actividad debe estar bajo manos públicas sin que sea posible la participación del sector privado. Para realizar una acción política responsable al respecto es necesario anteponer la necesidad de un sistema de calidad transparente y público en el que no medio otro interés que la distribución universal y gratuita sin discriminaciones.
3. VIGILAR: Empiezan a ser habituales en este ámbito los contratos con empresas privadas u organizaciones sin ánimo de lucro -lo que no significa que no haya intereses ocultos y trapos sucios de por medio-, que se encargan de un segmento de actividad concreto. Identificar esos segmentos de actividad es crucial si queremos dirigir la acción en la buena dirección. Constituye un elemento importante descubrir los ámbitos de concesión o contratación de partenariado. En el ámbito anglosajón se conoce a estos contratos como PPP (Partenariado Público-Privado) y en España se ha importado la figura bajo la denominación de "contrato de colaboración entre el sector público y el sector privado" (art. 11 LCSP). En teoría se desplaza el riesgo al privado adjudicatario del contrato, que ha realizado una determinada inversión. En la mayoría de los casos no sólo es falso que se desplace el riesgo porque apenas existe, pero además suele tratarse de contratos oscuros donde si finalmente no se recupera la inversión y no hay beneficio, los amigos vienen al rescate y lo sufragan con nuestros impuestos. Mi primera sorpresa cuando estuve en Québec fue ver que los movimientos sociales habían señalado esta fórmula de gestión como el mayor peligro para la economía pública. Aquí todavía no sabemos qué es. Pues hay que saber que la mayoría de los contratos con los amigos suelen tener esta forma. También se les conoce como contratos de leasing. 
En este punto, es importante señalar que esta actividad tiene muchos puntos de interés y todos ellos contribuyen a la salud del sistema. Aplicaciones informáticas, mecanismos de protección y seguridad (no en vano se consideran infraestructuras críticas), provisión de componentes, personal médico, adminstrativo, servicios de limpieza e higiene, ... Si hemos puesto en valor la actividad defenderemos las mejores técnicas de gestión para ella incluyendo las que requieran de control externo.
4. TERCEROS: La participación de terceros (sector privado, tercer sector) es una fuente de peligros, de aparición de corrupción, de corruptelas varias. No hay que dejar el control y la denuncia de los negocios sucios en manos de los empleados que están dentro, puesto que pone en peligro su seguridad, su empleo y su bienestar. Por otro lado hay que tener en cuenta que, en determinados casos, la participación de terceros es deseable y puede ser exigible, bien porque se necesita alguien ajeno que no falsee la información, bien porque pueden realizar esa función de vigilancia al sector público, que también genera sus propias perversiones. 

Cómo garantizar que la gestión de las transfuciones y los transplantes quede al abrigo de intereses espurios y de externalizaciones que pongan en peligro la calidad y la atención sanitaria? Pues bien, en una sociedad dinámica y bien formada el control se realizaría de forma ordinaria en una no-fórmula de movimiento social caótico pero acompasado por el conocimiento, la responsabilidad y unos objetivos claramente trazados de forma colectiva. No siendo este el caso y, vista nuestra poca destreza al comunicación política, mi opinión tiende hacia la sovietización del control, mediante consejos de supervisión en los que integrar a los profesionales de la salud, responsables administrativos de diferentes ámbitos territoriales, la ciudadanía (la organizada y la no organizada también) y, en menor medida, el sector privado, a través de un mecanismo ciego en el que todos los participantes tuvieran acceso a la información de gestión y pudieran denunciar, en su caso, la aparición de anomalías. Algo así:
"En un principio, María se alegró y no dudó ni un instante en llamar a su hermana para decirle que su empresa había sido designada para aprovisionar al centro de transfusiones de bolsas y tubos plásticos. CEFESOR estaba sobre la cuerda floja, la información no llegaba a los trabajadores, pero estaban en un punto crítico, al borde del despido; el contrato podía ser su salvación. Media hora más tarde empezaron a aparecer mensajes en el tablón de anuncios del Consejo de Salvaguarda de la Transfusión. Por la forma de escribir, la mayoría podían considerarse médicos, pero también administrativos y personal de todo tipo. La adjudicataria del contrato había tenido problemas relacionados con la calidad de los productos en otros países. Algunos mensajes detallaban cómo la empresa había querido rebajar costes disminuyendo la calidad de los productos para aumentar los beneficios y algunos países habían rescindido los contratos tras algunos episodios desagradables, forzados por la presión ciudadana, que había sido silenciada por la prensa, como de costumbre. Una lágrima descolgándose de la mejilla de María anunciaba el final: en dos días su hermana fue despedida. La calidad del sistema de transfusiones parecía estar a salvo, y ése era un motivo de satisfacción, pero... La presión ejercida por el Consejo con sus mil voces anónimas, finalmente tomó forma y los responsables de la gestión del sistema no tuvieron otro remedio que ceder y crear una empresa pública que elaboraría los materiales necesarios con el mejor material disponible. En tres semanas llamaron a la hermana de María y le propusieron incorporarse al departamento de I+D en el que se proyectaría el mantenimiento de la calidad". 
FIN