dimecres, 20 de gener de 2010

Érase una vez... revisitando cuentos (la Cenicienta versión post-modenna)

- Apunta, Mari, Hotel Arts, Calle Ramon Trias Fargas, a las cinco tienes que estar allí. Ponte tus mejores galas, hoy ganarás 100 veces más que el resto de las noches.
- Sí, Ramón, lo que tú digas Ramón... -con hastío.
- No te rías de mi, sabes que es le debemos un favor al tipo que nos ha hecho el encargo.
- Que sí, Ramón, me pones de los nervios, joder. Me pondré el traje de la boda de mi hermanastra, ¿estás contento? Pero eso sí, una cosa te digo, como alguno de esos ricos babosos se pase de la ralla se la corto.

El príncipe llevaba ya unos días deprimidos desde la vuelta de su tirana madrastra cuando se celebró su fiesta de aniversario. Siempre andaba molestándole, que si esto que si lo otro, que si cásate, que si a ver cuándo encuentras una digna sucesora para mí... El pobre príncipe esperaba, en su fuero interno, que su madrastra padeciera un ataque de locura y se quedara en Brasil con un cortejo de jóvenes pobres; después de varios meses de viaje, creía que su ilusión se haría realidad pero no fue así.

Después del almuerzo, copioso y lujoso (mira por dónde aquél día el príncipe había preferido pedir verduras a la brasa), los invitados se dispusieron a pasar a la sala de baile. El príncipe y la madrastra abrieron el baile. Entre los absurdos comentarios y las vueltas que daba -medio ebria ya- su madrastra, el príncipe divisó una joven, deliciosamente atractiva, rodeada de esos viejos babosos que su madrastra tenía por amigos. Sus zapatos brillaban, su triste sonrisa irradiaba belleza. A la siguiente vuelta la perdió de vista. Había quedado totalmente prendado de su belleza, sus hoyuelos, el color de sus ojos. Ya nunca olvidaría ese rostro, ese cuerpo, ese áurea.

En cuanto los invitados invadieron la pista, el príncipe se libró de la madrastra en un gesto de desprecio y se dispuso a pedir una copa con sus amigos.

- Ven, madrastro, hemos pedido unas copas -uno de sus amigos bromeaba sobre el baile con su madrastra, como si insinuara con sorna que su madrastra le pretendía, no sólo porque casi le igualaba en edad, sino también porque su promiscuidad era sobradamente conocida.
- Escuchad, he visto una joven rubia con un vestido de seda plateado, guapísima, ¿la habéis visto?
- Debe ser una de las prostitutas que nos trae tu primo a las fiestas. ¿No te estarás enamorando... de una puta pobre? -las carcajadas se hicieron oir en toda la sala ante semejante pregunta.
- Menos risas, no sabéis el infierno que es mi vida desde que ella volvió de Brasil -dijo el príncipe mirando a la madrastra.

En ese momento se dispusieron a brindar, sin darse cuenta de que el príncipe había tomado la copa de un compadre, que tenía adicciones extrañas y que aquel día se estaba administrando ketamina.

Una vez hubieron brindado, el príncipe se alejó del grupo y empezó a buscar a la joven del vestido plateado. Recorrió toda la sala, pero no la encontraba. Bajó a la recepción del hotel, pidió un listado de todas las habitaciones que se habían reservado para la fiesta, y se dispuso a ir una por una hasta encontrar a la joven.

En el momento en el que tomaba el listado y se acercó al ascensor, la droga empezaba a hacer efecto, empezaron los sudores y unas ganas insalvables de ir de vientre. Cuando llegó a la planta 22 se dirigió corriendo al lavabo. Los efectos de la droga se hacían notar. El príncipe no sabía qué había sucedido, por qué se nublaba su visión, ni el por qué de los sudores. Intuía que era un asunto de drogas, pero en ese momento todo le daba igual, sólo quería encontrar a su princesa.

Salió del lavabo, se dirigió a la puerta de la primera habitación y empezó a aporrear la puerta. Nadie contestaba. En parte era lógico, puesto que la fiesta acababa de comenzar y nadie las usaría hasta pasadas unas horas, pero también era posible que alguien se hubiera atrincherado con la prostituta y no quisiera dar señales de vida.

A la tercera puerta ya estaba desesperado y aporreaba cada vez más fuerte. Un botones se acercó a él, no para recriminarle (¡se trataba del príncipe!) sino para ofrecerle ayuda. El príncipe les explicó que buscaba a una joven rubia, guapa -¿qué digo guapa?, ¡guapísima!-, con un vestido plateado y unos zapatos luminosos. El botones le vio desesperado pero con una actitud extraña, hablaba, pensaba y se movía de una forma borrosa. El botones intuyó que el joven debía tener un asunto de drogas entre manos y no quería mezclarse en esos asuntos. El príncipe le suplicó que hiciera llamar a todas las habitaciones para comprobar dónde estaba –“otro capricho de los putos aristócratas”, pensó el botones.

El botones trató de alejarse del príncipe diciéndole que lo intentaría pero dentro suyo sabía que no iba a hacer nada, y el príncipe también lo sabía. Entonces le amenazó con que haría saltar la alarma de incendios y que si hacía falta quemaría el hotel para encontrar a la chica. Putos yonkis -se repetía el botones en su cabeza- cuando tienen el mono son capaces de todo, cómo cojones me voy a quitar a este tipo de encima.

El príncipe siguió aporreando puertas mientras el botones se disponía a llamar urgentemente a la dirección del hotel. Si se hubiera tratado de cualquier otro cliente no habría pasado nada, se hubiera llamado a seguridad y se le hubiera expulsado, pero se trataba del príncipe. Al cabo de unos minutos apareció el director del hotel. Encontró a un hombre fuera de sí, con el rostro desencajado. Sudaba por todo el cuerpo y su delicada media melena se había convertido en unas sucias greñas mojadas.

- Perdone, majestad, ¿podemos hacer algo por usted? -le espetó amablemente el director.

Seguidamente, el príncipe le explicó su problema y validó así la versión del botones.

- Sabemos que han reservado las tres plantas al completo, pero como comprenderá no podemos permitirle que derrumbe todas las puertas, por más urgente que sea su deseo de encontrar a la muchacha -intentó bromear el director.
- Mire, estoy agotado, sólo necesito saber si van a ayudarme o si tendré que arreglármelas solo. Si quieren ayudarme, pongan dos botones en cada planta y detengan a toda señorita rubia que luzca un vestido plateado. Mi familia cargará con el coste del servicio.
- Si sólo desea eso, no se preocupe, alertaremos al personal para que nos avise si encuentra a la chica.
- No me ha entendido bien, le he pedido que vigilen las tres plantas y que busquen a la chica -insistió el príncipe.
- Muy bien, como usted desee.

Marcharon el botones y el director sin la menor preocupación. Se podía tratar de un príncipe, pero además era un vulgar drogadicto, lo que le quitaba toda la autoridad que su sangre azul le había otorgado. El director y el botones se entretuvieron conjeturando sobre la actitud del príncipe y su extraño comportamiento: el director creía que la prostituta había robado o estafado al príncipe, a lo que éste quería responder con violencia, y de ahí su desesperación; el botones iba más lejos, su versión era que la prostituta además de ser una de las amantes del príncipe era la proveedora de la familia real y que el príncipe estaba atravesando un episodio de síndrome de abstinencia, y que seguramente también habría algún asunto de dinero por medio.

Tanto se entretuvieron analizando el asunto y explicándoselo al resto de los botones, que en ese tránsito Mari huyó por las escaleras, totalmente sulfurada. El tío segundo de nuestro príncipe había empezado a golpearla y a apretarle los pezones de forma incontrolada, a lo que Mari respondió con escupinajos y un taconazo en los testículos. Los testículos acabaron en el hospital y el zapato se quedó allí mismo. Mari salió corriendo a toda prisa y prefirió no volverse para recuperar el zapato, temiendo por su vida, aquel loco era capaz de arrojarla por la ventana. En la recepción no había nadie, pues todos estaban en la parte de atrás comentando la escena del príncipe.

Mari salió del hotel descalza con un zapato en la mano. Todavía no se había llegado a plantear qué haría con un solo zapato, el suceso la había transbalsado. Hacía mucho tiempo que aquellos encargos de lujo le estaban saliendo caros a su cuerpo y a su dignidad. En la mayoría de ocasiones, los clientes la denigraban, pero además querían que participara de sus orgías totalmente drogada, y en algunas ocasiones ni siquiera lo hacía por propia voluntad, había llegado a no beber nada -ni tan solo agua- en las fiestas por temor a una sobredosificación o una intoxicación. Ya estaba harta de esos ricachones caprichosos y aquel día dijo basta. Sabía que le acarrearía problemas, puesto que se trataba de la familia real, pero no podía soportarlo más.

Tomó un taxi y lloró durante todo el trayecto. Llegó a casa, cogió a su hijo en brazos y decidió marcharse para refugiarse en casa de un viejo amigo que siempre le había tendido la mano y que no tenía ningún vínculo con el mundo de la noche. Con él estaría segura, y su hijo también.

Mientras tanto, el príncipe no encontraba a la chica y se subía por las paredes, cada vez más afectado por la histeria, aumentada por la ketamina, con episodios de delirio y sicosis incluidos. Su tío segundo se ausentó del lugar con discreción para dirigirse al hospital, avergonzado por lo sucedido. Al salir de la habitación unos botones le preguntaron por una chica vestida de gris, rubia, pero prefirió no decir nada; aunque la familia real ya estaba vacunada en cuestión de escándalos, nunca se sabía qué consecuencias podían tener esos hechos, además no sabía en qué otros líos estaría metida esa prostituta y desde luego no quería que le salpicara.

En el salón de baile, todo parecía normal. Tras el jolgorio y el descontrol, todo se desarrollaba con normalidad. El primo del príncipe recibió el aviso de que el príncipe se encontraba en un estado deplorable, arrastrándose por el suelo y aporreando las puertas sin cesar, así que se acercó a ver si se podía resolver algo. Los botones del hotel le aconsejaron utilizar los pares de llaves que habían entregado a su primo para entrar en todas las habitaciones, puesto que con toda seguridad la mayoría estarían vacías. Pensaban que al menos el príncipe encontraría a la chica y se acabaría aquella situación, que cada vez era más insoportable.

Y así lo hicieron. El primo fue a ver al príncipe y juntos se dispusieron a recorrer las habitaciones, una a una. Tardaron un buen rato en recorrerlas todas, lo que aumentaba la impaciencia del príncipe. En la última habitación que visitaron encontraron rastro de actividad humana, el servicio había sido utilizado y la cama estaba un poco arrugada. Junto a la cama encontraron un zapato de cristal que el príncipe reconoció enseguida. Al no encontrar el otro par entendió el príncipe que la chica se había marchado sin dejar más rastro que ese zapato. Montó en cólera e incluso agredió a varios botones, que ya estaban cansados del espectáculo. Ahí acabó la fiesta para nuestro príncipe.

Los días siguientes fueron días de trabajo para el príncipe, o al menos así lo expresaba él. Cada rato libre, cada minuto del que pudiera disponer se convertía en la ocasión ideal para hacer un trámite que le ayudara a buscar a la prostituta. Primero, se dedicó a contactar con todos los intermediarios de su primo que colaboraron en la preparación de la fiesta, incluso buscó otros contactos porque no se fiaba de la memoria de su primo. Luego, por las noches, empezó a recorrer todos los prostíbulos. Siempre llevaba consigo el zapato de cristal y se lo hacía probar a todas las prostitutas, rubias, morenas, feas o guapas. Las chicas no lo entendían pero era dinero fácil, muy fácil, sólo tenían que guardar silencio. A veces tenía que pagar a las chicas por media hora para explicarles la historia y que le dieran pistas para encontrar a su princesa, y así estuvo días y días de prostíbulo en prostíbulo, pues para no levantar sospechas visitaba todos los locales cada noche solicitando sólo un servicio por prostíbulo.

Eran ya 23 los días que habían pasado desde su fiesta cuando llegó a un prostíbulo en el que las chicas guardaban un silencio sospechoso y ninguna de ellas osaba hablar. Se trataba de las compañeras de Mari, que no sabían nada de ella, pero tampoco hablaron de su desaparición; una chica rubia y guapa nunca había existido para ellas o, simplemente, existían muchas chicas así, encontró diferentes posturas en sus conversaciones privadas. Todas tenían miedo a hablar, no sabían qué había detrás de todo, y sus jefes les habían avisado, con muy mal humor, de que si alguien sabía algo de la Mari, debía comunicarlo inmediatamente, si no quería tener "una racha de mala suerte".

En el prostíbulo no logró arrancar ninguna información, así que esperó al cierre y siguió a una de las chicas, precisamente la que vio más asustadiza y más vulnerable y, probablemente, la más sensible de todas. La siguió hasta la puerta de su casa. Cuando ella entró, el príncipe bloqueó la puerta con su pie para que no se cerrara. La chica no pudo evitar que ese hombre entrara. Ella le pidió silencio, no quería despertar a su madre, que dormía y descansaba del dolor que le ocasionaba su extraña enfermedad. El príncipe no dudó ni un instante en preguntar:

- Escucha, tengo que encontrarla, ¿tienes alguna idea de dónde está? Te pagaré bien, te buscaré un trabajo, ¿qué quieres, un coche, una casa? Yo te lo conseguiré.
- Mira, yo no sé nada de lo que me hablas, me estás causando problemas -la chica se estaba empezando a poner nerviosa.
- Te diré la verdad. En cuanto la vi, mis ojos no hacen más que verla, mis dedos sólo quieren acariciarla...
- Eso no se lo cree nadie. Vete de aquí si no quieres que llame a Ramón, no sé en qué lío te has metido, pero esto desde luego no es mi problema.
- Lo que te digo es cierto, ¿cómo quieres que te lo demuestre?
- Vete y no vuelvas -sentenció ella.

El príncipe se lo tomó a pecho, se fue de la casa y no volvió, pero sólo para demostrarle su fidelidad a la promesa que había hecho. Cada día mandaba un cartero con una carta en la que le solicitaba información, jurando y perjurando que no había ningún asunto turbio, que era una cuestión de amor. En muchas ocasiones, las cartas eran auténticas declaraciones de amor -hacia Mari, claro. Pasó un cierto tiempo hasta que la compañera de Mari se decidió a hablar. Citó al príncipe en un lugar concreto, le pidió puntualidad.

El encuentro se consumó y cuando se encontraron, la chica no se detuvo, siguió caminando y dijo:
- La Mari desapareció de un día para otro, el día de un encargo importante del que no puedo hablar. No sé nada más, nada, te lo prometo. Ahora deja de molestarme.
- ¿Su nombre, sólo puedes decirme su nombre? -se lamentó el príncipe.
- Querido, nosotras trabajamos con nombres artísticos y nunca revelamos el verdadero, ¿qué te crees?. No sé nada más, lo siento. Ahora vete y, esta vez sí, no me molestes más.

La Mari había perdido su casa y sólo le quedaba el consuelo de tener a su hijo y poder alimentarle. No pudo encontrar trabajo, así que tuvo que confiarse a sus hermanastras, que la habían repudiado tiempo atrás y que ahora regentaban un negocio de limpieza de oficinas. Explotaban a todas las trabajadoras, pero con la Mari se empleaban a fondo para enviarla a los trabajos más desagradables, su jornada laboral era de 16 horas, normalmente, de día, de noche, sin días de fiesta, y con continuos cambios de horario y lugar. Tenía el único consuelo de que Paul, su amigo, cuidaba a su hijo con mucho cariño y respeto, eso la consolaba.

El príncipe siguió buscándola de forma infructuosa. Empezó a frecuentar prostíbulos allí donde iba y en la mayoría de ocasiones visitaba una señorita para interrogarla. En el exterior de su tormentoso mundo interior en busca de la chica, su fama empezaba a crecer y ya le apodaban "el putero". Era casi imposible detener esa cascada reputacional porque toda la familia real vivía en un universo de drogadicción y relaciones con prostitutas, mientras él era precisamente el único ejemplar digno de la familia real. Y nada ayudaba. De hecho, era él mismo el que había colaborado en el asunto, puesto que ordenaba a las prostitutas que dijeran que había ido a buscar sexo, por temor a las represalias de los proxenetas y los problemas que pudieran tener con la Mari.

Todo perdió sentido, sus reuniones, las recepciones y todas las otras chicas. En su fuero interno idealizó a la Mari, que en sus delirios era una mujer elegante, educada, íntegra; ni siquiera tenía conciencia de estar pensando en una prostituta. Tanto la idealizaba que toda otra mujer era una vulgar prostituta a su lado. Obviamente nunca pudo confesar su amor; si su vida ya estaba casi completamente hundida, sólo le faltaba buscarse el desprecio de todo su entorno. Incluso su fama de putero no le hacía tanto daño como podía hacerle el rechazo de su entorno, a todos los niveles, menos el afectivo, claro está. Algo de ketamina debió quedar en su piel para que llegara a pensar de aquel modo; parecía que esa sustancia no dejaba de gotear en su interior para que se hiciera tal idea de las cosas.

Siguió pensando en la Mari durante mucho tiempo. Tenía un plan perfectamente preparado para cuando la encontrara. Después de seducirla en total secreto, para lo cual ya tenía miles de sistemas y métodos pensados, debía enriquecerla y reeducarla poco a poco. Le haría comprar un título aristocrático en el extranjero y cambiaría su nombre, luego la presentaría en sociedad convertida en toda una marquesa o duquesa, ya iba labrando el plan poco a poco, haciendo contactos, comprando confidencias y voluntades para ejecutar su plan llegado el día.

Para cuando llegó el día, ya casi se había hundido en su propia tristeza, hasta el punto que se había olvidado de la Mari. Llegó antes a la reunión del patronato de la Fundación para el Fomento de la Literatura. El mecenazgo de jóvenes artistas se había convertido en su última pasión y quería proponer un plan de formación y apoyo, así que llegó antes a las oficinas. Todavía estaban limpiando la sala cuando entró acompañando a otros miembros del patronato que también se habían adelantado al inicio de la reunión para entrevistarse con él. Entró a la sala de juntas y allí estaba la Mari, trapo arriba trapo abajo. Su sorpresa fue mayúscula, sus ojos se abrieron de par en par, la respiración casi se le obturó, empezaron los nervios y sudores. Tal acontecimiento le causó casi los mismos efectos que la ketamina del primer día, llegó a creer que ese era el efecto que le producía esa mujer, hasta el punto que especuló en sus adentros sobre la naturaleza divina de la Mari.

Como no podía presentársele en semejante situación, y ella apenas le conocía, no pudo hacer nada. Sólo la miró, como si estuviera ante el mismo misterio que originó el universo. Cuando volvió en sí pensó que debía dejarle alguna huella que luego ella pudiera rescatar cuando la volviera a encontrar. Se acercó a ella, le pidió su nombre y la felicitó por el trabajo que hacía, todo estaba reluciente:
- Disculpe, ¿podría saber el nombre de la maga que ha dejado esta estancia tan limpia y saneada? -dijo él.
- Gracias, señor, yo sólo hago mi trabajo -le contestó ella, con una mezcla de nervios y miedo- ... soy Julia, de la empresa de limpieza.
- Realiza usted un trabajo importante, puede considerarse artífice del 50% de los aciertos del Patronato de la fundación -el príncipe estaba intentando seducir, así de primeras a Julia, y parecía obvio que el desatino estaba siendo percibido por el resto de los acompañantes del príncipe-, bien, hoy te llevarás a casa la satisfacción del trabajo bien hecho, procuraré hacerlo saber a la dirección de tu empresa.
- No se moleste, señor, es mi trabajo, sólo intento hacerlo lo mejor que puedo, me siento recompensada de sobras -Julia procuraba que sus hermanastras no llegaran a tener noticias suyas, ni buenas ni malas, todavía tenía presentes las noches frías que tuvo que pasar frente a las cenizas del fogón ya apagadas los días que su padre se encontraba en viaje de negocios. Aunque su madrastra ya había muerto, Cenicienta, que es como la llamaban riéndose del comentado castigo, no quería volver a sufrir nuevos castigos de sus hermanastras- no se moleste señor, yo misma pediré que me asignen a la fundación para poder seguir ayudando en todo lo posible.

Al término de la reunión, el príncipe se marchó a su despacho en el palacio real y empezó a hacer llamadas. Consiguió el nombre y número de teléfono de la empresa de limpieza y llamó para ver si podía investigar algo de Julia. Al teléfono se puso una de sus hermanastras. Dijo llamar de una empresa que quería contratar los servicios de limpieza. Su plan era contratar la empresa y quejarse del servicio hasta que le enviaran a Julia. Alquiló un despacho en una calle céntrica, lo arregló y contrató a una secretaria que debía realizar funciones estúpidas como informarse para crear una empresa y hacer gestiones de ese tipo. Acudía solamente en el horario convenido para la limpieza. No tardó en encontrar de nuevo a Julia, y entonces dejó de quejarse.

Parecía que su plan estaba funcionando. Logró articular cierta conversación con Julia y ganarse su confianza. Tratándose del príncipe, ella debía mostrarse amable, más que por gusto por obligación. En realidad, le producía aversión, tanto él como el resto de su familia, pero tenía que disimular. El príncipe intentó conseguir una cita, pero aquella chica parecía huir de él. Evidentemente, la distancia social era abismal, y ese era un obstáculo mayor para ella, se consolaba el príncipe.

Un día la hizo pasar al despacho:
- Hola, Julia, siéntate.
- Bien, señor -el príncipe había pedido desterrar el trato de majestad-, usted dirá, ¿existe algún problema, tiene alguna observación?
- No, de hecho quería felicitarte, me alegras las mañanas y ... en fin, quería recompensarte, invitarte a cenar algún día, verás, eres una excelente profesional y mereces mucho más que este trabajo, así que te podría recomendar para el puesto de trabajo que desees.

Aquella proposición asustaba a Julia. Sabía que si abandonaba la empresa sus hermanastras cargarían violentamente contra ella (y eran capaces de todo, absolutamente todo) después de haberla "recogido de la calle", de haberla contratado.

- No se preocupe por mí, señor, ya tengo el trabajo que merezco -apuntó ella, con modestia.

En ese instante, el príncipe sacó una caja rectangular, excelentemente envuelta y se la acercó diciendo: "tenía muchas ganas de entregártela", con una risa infantil. Esa risa infantil fue malinterpretada en el momento en que Julia descubrió el zapato de cristal y empezó a atar cabos (ni tansolo recordaba que la última fiesta era en homenaje al príncipe). La conclusión fue fulminante, el príncipe la había reconocido, sólo podía pretender dos cosas: venganza o prostituta personal. Ante el riesgo de que aquello fuera un anuncio de represalia por el testículo del tío segundo del príncipe, buscó una vía de salida. Nerviosa, le dijo al príncipe que iba a buscar sus zapatos de calle para probárselo con otro zapato de tacón en el otro pie y así poder andar con él. Fue al cuarto, cogió el bolso y los zapatos y salió corriendo escaleras abajo. El príncipe tardó en darse cuenta y para entonces, ella ya se había ido.

El príncipe llamó a la empresa y pidió la dirección de Julia. Las hermanastras se negaron taxativamente. Según el príncipe, Julia había olvidado algo y se lo quería enviar en taxi, pero las hermanastras sospecharon de la voz nerviosa del príncipe. Al día siguiente Julia no volvió al trabajo confirmando sus peores versiones. "La cenicienta ya ha vuelto a las andadas, vete a saber qué ha hecho esta vez, le habrá robado o habrá intentado seducir al jefe, nunca dejó de ser una puta, y ha comprometido nuestro negocio", decía la hermana mayor, sobredimensionando el suceso. Así que decidieron darle la dirección al príncipe para que él mismo hiciera justicia, de este modo ellas no se mancharían las manos.

Cuando el príncipe llegó, sólo encontró a Paul. Julia había ahorrado lo suficiente para buscar un hotel mientras encontrara un nuevo trabajo. Ahora su mayor temor era la situación de su hijo, que ya empezaba a sospechar algo.

Paul, que conocía toda la historia, al menos la versión de Julia, guardó un silencio extremo, e inventó una historia tal y como le había pedido ella:
- Verá usted, el caso es que yo no conozco a esa señora más que de vista, me pagó por poder domiciliarse en mi casa puesto que quería conseguir un empleo, pero en realidad no tiene hogar, es una mujer extraña -le dijo Paul al príncipe con voz de sospecha y advertencia, como para atemorizarle.
- Necesito encontrarla, la amo, la amo desde la primera vez que la vi en mi fiesta de cumpleaños - el príncipe se desmoronó y echó a llorar. Ablandó suficientemente el corazón de Paul como para que le diera una oportunidad.
- Lo siento, no puedo ayudarle, ni siquiera viene a recoger el correo, tengo que dejarlo en un bar cercano -intentaba Paul evadir sospechas-, pero si usted me deja alguna dirección, algún teléfono donde yo pueda encontrarle...
- Dígame dónde está ese bar -respondió el príncipe secándose las lágrimas mientras le acercaba una tarjeta de la oficina ficticia que había creado- estoy desesperado, la amo, más que nada en el mundo, más que mi posición, mis coches, ¡más que a mi propio padre!

Desde ese instante, el príncipe, adecuadamente disfrazado para no ser descubierto se instaló en el bar que Paul le había indicado. Harapiento, llegaba cada día a la hora de la apertura y no salía de allí hasta el cierre, leyendo los diarios, como si buscara empleo. Paul lo descubrió al día siguiente, sorprendiéndose.

Al segundo día, Julia llamó a Paul:
- Escucha, el príncipe consiguió tu dirección y vino aquí llorando como un niño, dice que está enamorado de ti -le anunció Paul.
- ¿Y tú le creíste? Me busca para vengarse por lo que hice el día de la fiesta, tras las buenas formas sólo hay que despojo humano, son todos escoria -dijo ella.
- No, Julia, lloraba de verdad, no soy una persona muy perspicaz pero eso al menos lo entiendo, lloraba de la misma forma que tú cuando llegaste aquí -se sinceró Paul-. Lleva dos días enteros atrincherado en el bar Princesa, si quisiera matarte habría enviado a un macarra, que se hubiera escondido para darte caza.

Después de colgar, Paul se dirigió al bar y se acercó al príncipe.
- Marchando una de princesas. Venga a mi casa, Julia llega ahora, desconfía de usted, pero yo no, tengo mejor sexto sentido que ella- al escuchar estas palabras de la boca de Paul se levantó repentinamente y empezó a besar y abrazar a Paul.
- Gracias, gracias, gracias. Me ha salvado usted la vida, gracias.

Una vez se encontraron, el príncipe le explicó toda la historia a Julia, que también se sinceró. Entonces, el príncipe le explicó su plan. La conversación concluyó así:
- Mire, excelencia, o como se llame, yo soy una prostituta y nunca dejaré de serlo, me conoce mucha gente. Usted es un príncipe, nunca podríamos estar juntos. Ni siquiera nos conocemos, yo no estoy enamorada de usted; además, nunca aceptaría vivir con usted y toda su estúpida familia -Julia intentaba persuadirle de que se fuera y le dejara continuar su vida, puesto que achacaba el supuesto amor del príncipe a un capricho de ricachones que lo tienen todo y sólo desean un trofeo para su colección, como si presentara mostrarla a la alta sociedad como una pieza de museo "mirad, aquí una puta pobre".
- Dame una oportunidad, por favor, sólo quiero conocerte.
- No, no puede ser, no se moleste usted más, y no me moleste a mi, por favor. Dese cuenta de que me deben estar buscando por lo que sucedió aquel día -insistió Julia enojada.
- Acepta al menos esto -el príncipe entregó una tarjeta a Julia. Contenía una dirección en idioma extranjero.

Julia se despidió con la cabeza atormentada, aquel hombre le había impactado y había conseguido desconcertarla por completo.

Pasaron un par de meses hasta que Julia volvió a tener noticias de él. La televisión confirmaba la desaparición del príncipe, puesto que el rumor ya se estaba extendiendo. La policía había solicitado colaboración internacional para encontrarle, de un día a otro había desaparecido sin dejar rastro. Julia entendió que el príncipe había renunciado a todo y la esperaba escondido en la dirección que señalaba la tarjeta; eso la emocionó. Hizo las maletas, y le dijo a su hijo que se iban a vivir cerca de Santa Claus para que sus regalos no pudieran perderse por el camino, como había sucedido alguna vez. Se presentó en casa de Paul para despedirse, y él se ofreció para acompañarla.

Llegaron tarde a la dirección en cuestión, no había nadie. Cuatro horas más tarde apareció un albañil, cansado y con cara de tristeza. Al divisar a Julia dejó caer las herramientas y corrió a abrazarla y todos juntos, incluido Paul, empezaron una nueva vida… y fueron felices y comieron felices.

Nota: el presente autor reniega de todos los tópicos de los cuentos tradicionales, incluidos los que presenta el presente escrito, como la apología del matrimonio o la concepción unitaria y falseada del "amor". Estos contenidos no se han eliminado para trazar el paralelismo entre la obra original y la adaptación al tiempo presente.

Moror, 20 de gener de 2010.