dimarts, 6 de setembre de 2011

Smart Communities, ultraafinidad y ... llegó Conchi

Hace un tiempo, dejé las drogas y la bebida y busqué nuevos vicios. Sin esperarlo, encontré uno nuevo llamado Twitter. En realidad entré por casualidad. En mis primeros pasitos en twitter no buscaba ni otra vida ni tenía afán profesional. Se podía esperar que alguien que trabaja en el sector de la tecnología fuera allí a furgar entre los hábitos de identificación del personal. Aunque no fui a buscarlo, también he sacado conclusiones: este mundo no deja de sorprendernos, hay gente que utiliza transidentidades sexuales, otros se identifican con nombre y apellidos sin buscar reconocimiento profesional ni vender nada, otros se crean una identidad de juego (como yo). Queridos gurús y panolis varios: no hay tendencias, igual que no hay futuro, esto es el juego de la vida, leed clásicos griegos o romanos; Cicerón os ayudará más que ochenta años en twitter, facebook, tuenti, badoo, y todas las redes juntas.

Un dia dejé un pensamiento al vuelo: "twitter, ágora multidimensional o patio de colegio?". Empezaba así y acababa con una desaforada crítica destructiva hacia las teorías de Pierre Lévy y Cass R. Sunstein. Tengo que confesar que fue un ataque de pedantería. En él me reía de lo poco de la teoría de las smart communities de Pierre Lévy, de su Cyberdémocratie y de los cuadritos en los que intentaba demostrar ejemplos de Inteligencia Colectiva. También despotricaba de la equivocación de Sunstein, en su Republica.com que Internet jugaba como agente de radicalización. Evidentemente, nadie entró al trapo y mi tuit quedó en el olvido. Así que yo, testarudo como soy, repetí el tuit con un mensaje de rencor, como si fuera una cualidad intrínseca del pedante. Alguien contesto ese "no tenéis corazón, no me habéis dicho nada de mis reflexiones sobre las smart communities". Obviamente, no sabía de qué iba el juego, pero al final resultó esconder una revelación. Esa persona sólo quería saber de qué estaba hablando, sin saber todavía si estaba de acuerdo o no. Ahí quedó todo.

A los pocos días saltó la sorpresa y llegó @conchiydau para arrasar, con mejor lírica y mejor intuición que un servidor, con las teorías de Lévy, Sunstein y todos los ultra-sabios autodeclarados del planeta. Su tuit decía: "En Facebook están los amigos con los que fuiste al colegio y en Twitter los amigos con los que querrías haber ido al colegio". O_O Como dijo Jesulín de Ubrique, en 2 palabras: "im-presionante". ¡Y os lo voy a demostral!

Comparar Facebook y Twitter ya tiene su qué: Facebook es cerrado, tienes que autorizar a tus seguidores; twitter es abiertísimo porque a menos que te pongas el candado te aparecerán amigos de debajo de las piedras. No creo que a vosotros, pero a mi me recuerda el pasaje de Sunstein en Why societies need dissent, cuando dice eso de que en las comunidades cerradas el disenso acaba por manifestarse, mientras que en las comunidades abiertas, el que disiente tiende a irse. En eso tenía razón, por eso la gente acabará abandonando Facebook, porque ante desconocidos eres mucho más libre y la comunidad cerrada que acaba siendo Facebook te ahoga y acabas huyendo.

Pero Sunstein se equivocaba cuando decía, en Republica.com, que las redes sociales nos radicalizan, que dejamos de asociarnos con los diferentes por puro azar y que nos acabamos juntando entre iguales y llevando nuestras posiciones hacia el extremo, porque no las tenemos que hacer pugnar con ideas externas y contrarias. En la versión de Pierre Lévy, nuestro interés no sería exclusivamente político, pero según él, seguiríamos juntándonos por afinidades.

La genialidad de mi Conchi con su aparición estelar, según mi opinión, no es la comparativa facebook-twitter sino el escenario en el que nos situa: el colegio. El colegio es, por antonomasia, el primer lugar dónde nos socializamos y allí conocemos a gente totalmente diferente, con unos nos llevamos bien y surgen amigos para toda la vida, en el colegio tenemos muchas parejas que no rivalizan, también aprendemos los comportamientos humanos. Pero no deja de ser un lugar donde hay una buena diversidad de desconocidos. En este punto se sitúa el vínculo entre mi primer tuit y el de Conchi. A mi me parece un patio de colegio que tenemos siempre disponible para decir tonterías, para sudar sabiduría o para intercambiar canicas. Sirve para todo y no está hecho específicamente para nada. El azar y nuestros propios impulsos nos pueden llevar a lugares insospechados. Muchos de mis followeds y followers no tienen las mismas ideas ni gustos ni necesidades que yo y viceversa. ¿Y para qué lo queremos? Envites al azar, curiosidad diferida en clave de espontaneidad, movimiento y movidas, sorpresas. No buscamos nada, pero lo encontramos todo.

Y esa frase que me enamora: los amigos que querríamos haber tenido en el colegio. Una lectura plana le daría la razón a Sunstein: deseamos a los afines para convertirla en ultraafinidad. Nada más lejos de la realidad. En twitter, si algo hay son diferentes, gente diferente con la que aprender y divertirse, que nos abre puertas nuevas, que nos lleva a lugares donde nunca hemos estado, que nos dan noticias que no hubiéramos encontrado. Esos niños nuevos, diferentes, con los que jugar, con los que discutir entre bromas, con los que aprender, son los que hubiéramos querido en el colegio. Con los que tuvimos ya aprendimos cosas y los conocimos hasta la saciedad, por eso ya nos molesta un poco tenerlos ahí presentes en Facebook, y porque además, no nos engañemos, nos asignaban los amigos por edad y las aulas no suelen pasar de los 30, eso es poco para nosotros. En Twitter podemos tener miles, de edades procedencias e inquietudes diferentes. Y lo mejor es que no los escogemos de inicio, los vamos agregando porque son conocidos de conocidos o saludados de amigos. Esa es otra de las magias que tiene ese patio de colegios, te incita a hacer actos de confianza y de apertura cada viernes... aunque en realidad los haces cada día, porque mantener la fe en la raza humana acaba enganchando, la verdad sea dicha.

Es posible que todo esto sea una patraña semejante a las de Lévy o Sunstein, que sólo sea una parte de la poliédrica verdad en la que se convierte la realidad cuando la parcializamos en un trozo de papel o una cadena de bits, tal vez Conchi nos diga que he interpretado mal su frase, que me paso de pajas mentales o que ella no tiene la culpa. Pero me da igual, yo la voy a querer igual, aún sin haberlo visto nunca.