dimecres, 25 d’octubre de 2017

Qué es un Estado

A título preliminar quiero encuadrar este discurso y su contexto. Soy profesor de Derecho constitucional en una escuela privada (la asignatura este año se denomina Instituciones del Estado). Por lo general mi explicacion tiene otro inicio y otro contenido. Este curso, y para sortear la dificultad que entraña impartir una asignatura de modo colaborativo como suelo hacer en el contexto del conflicto Catalunya-España, he decidido pronunciar un discurso. Tiene un objetivo oculto y tres ideas clave. El que las busque será afortunado.

Un Estado es, en un sentido convencional y formalmente aceptado, un sujeto de derecho internacional, que goza del reconocimiento de la sociedad internacional mediante el cual una sociedad (o un grupo que ha tomado el poder mediante el terror o la aquiescencia de esa sociedad) se organiza e instituye órganos y organizaciones que imponen una forma de gobierno a través de la coerción en un sentido amplio, en condiciones de monopolio o exclusividad.
Pero, ¿cómo llega una sociedad a constituirse en Estado, por qué lo hace y cuándo deja de serlo o simplemente no lo es? De otro modo, y en el contexto actual podríamos preguntarnos bajo qué premisas un Estado constitucional nace de la toma y ejercicio del poder para iniciar un proceso constituyente o, de lo contrario, por qué una organización mafiosa o económica no puede adquirir esa condición, más alla del rec onocimiento externo, diría Santi Romano. Más allá, existen situaciones en las que el Estado se ausenta, se disgrega, se diluye o simplemente, se crea ex novo. Estas son las cuestiones más relevantes para iniciar el estudio de una realidad que supera, en mucho, la definición clásica del Estado.

En la Oratio Pro Milone, Cicerón justifica el asesinato mediante la siguiente afirmación: "En efecto, existe, jueces, una Ley no escrita sino innata, que no hemos aprendido sino heredado; que no hemos leído sino aprehendido de la naturaleza; una Ley para la cual no hemos sido educados, sino de la que estamos hechos; y para la cual no hemos sido educados sino impregnados". Este fragmento fue incluído en la carátula del LP La ley innata, de Extremoduro. Pues bien, existe una conexión innata entre sentimientos y acciones, como existe una conexión innata entre las personas; de ese modo lo definía Aristóteles con su "animal social". El sentido de pertenencia a un lugar o a una sociedad también conlleva la realización de acciones en pro de una entidad colectiva. Así, también conectamos ideas, de forma natural, y conectamos identidades entre sí, y organizaciones con identidades y con personas. Realizamos, las personas, asociaciones que nutren nuestros objetivos y trazamos caminos individuales como colectivos, por acción o por omisión.

Pues así como conectamos objetos, ideas, sentimientos e identidades, también unimos los territorios, compartimos y distribuimos recursos, nos maridamos y nos volvimos interdependientes. Se teje, en definitiva no solamente una población en un territorio, más o menos extenso, lejano o distante, sino también se establecen relaciones de vecindad, de cooperación y de conflicto. El cortejo continuo entre el afecto y el disenso nos reafirma o nos separa, puede establecer las líneas que existen entre el 'yo', el 'nosotros' y el 'ellos'.  El conflicto es el caldo de cultivo en el que nacen viven o mueren los Estados. En el Estado confiamos la resolución de los conflictos que no resolvemos por nosotros mismos, y configuramos instituciones para que vigilen al vecino, a costa de que nos vigilen a nosotros. Sobre el peso de la sombra de ese monstruo del Leviatán, patrón de los abusos, reposa nuestra comodidad, el alivio de la responsabilidad. Confinamos la búsqueda del bienestar a la audacia y la moral de nuestros gobernantes. En ocasiones, evaluamos los resultados y decidimos seguir instalados en la comodidad, o desvelar ese carácter fraudulento y emprender acciones para reanudar la búsqueda del bienestar, del verdadero. Y a veces, sólo a veces, buscamos e intentamos apresar al Leviatán para apartarlo del camino. En la mayoría de ocasiones, seguimos caminando sin brújula, desconocedores del destino que nos aguarda más allá del horizonte, siguiendo a alguien que dice tener claro el itinerario y los obstáculos que nos pueden sorprender.

Es Estado, decimos, es el 'nosotros'. Un 'nosotros' que se transfigura en el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial, en los símbolos y en las costumbres, porque con todo esto, también pretendemos asegurar la continuidad, la suprevivencia de nuestro legado y su proyección en el futuro. Así justificamos, o eso creemos con más o menos fervor, un sistema de sistemas, incrementalmente complejo. El 'yo', según sostenemos, vive del 'nosotros', su pretendido protector y potencial enemigo. Y el 'nosotros': ¿también bebe el nosotros del 'ellos'? ¿Quiénes son los otros? ¿Quiénes nos creemos nosotros para decir quiénes son los otros? El sistema tiene mecanismos de cierre, desde la definición de ciudadanía hasta la existencia formal o la necesidad perpétua de forzar el cambio de nuestra organización. Resulta imperioso reconocer que tan innato como la legítima defensa, por el individuo, o por el pueblo en su conjunto, también se conoce -aunque no sea reconocido como tal- el 'nosotros' como el depositario de la infatigable búsqueda del porvenir, también innata.

La forma de conectar nuestras ideas con la materia que nos envuelve, el afán por encontrar formas especializadas de garantizar la supervisión de nuestras actividades, y la peculiar debilidad por la búsqueda del bienestar no sólo justifican la vida en común, creando o destruyendo dispositivos. Cuando nos organizamos, gracias a unos u otros mecanismos de afecto o de resolución de conflictos, estamos llamados a un ejercicio menos liviano. Destinamos intelecto y recursos a proyectar el futuro, encargándole a toda tarea de reconocimiento del valor una lucha entre dinamismo e intercia o control de la velocidad. Cuando proyectamos, miramos al pasado, diseccionamos la impronta que marcó en nuestro presente y finalmente tomamos o desechamos alternativas con la mirada puesta en un tiempo incierto. Lo desconocido se convierte, en este momento, parte del Nosotros. Aplicándole una pequeña dosis de religiosidad, apelaríamos a la esperanza para realizar tal ejercicio. Acomódese aquí una advertencia. Todo lo que aquí reseñamos puede leerse en sentido contrario, pues si no hay supervisión, aunque haya instituciones, no hay Estado, y si no proyectamos, hablamos de una sociedad muerta, y si no existe un vínculo que conecte territorios, si no hay interdependencia y no hay ni estima ni conflicto, tampoco nos encontramos ante un Estado, acaso ante organizaciones para estatales, mafiosas o benéficas, que no acceden a los anhelos de futuro con la sociedad.

¿Finalmente, qué espacio tienen, debemos interrogarnos, la ética o la moral o la estética en el naciiento, la vida o la muerte de los Estados? ¿NINGUNA! Vivimos sumergidos en lo tangible, lo inmediato, la crudeza del aprovisionamiento. Incluso el amor constituye un enemigo de la ética, pues ansia el poder, la necesidad de creernos mejores, la vacuidad y la codicia, que son los motores del 'yo' y, habitualmente, de las asociaciones de los 'yo'. Sin embargo, para triunfar, la vanidad, la codicia y la maldad deben vencer una resistencia innata, y esa resistencia innata, cuando aparece, la llamamos 'nosotros', y es en ese territorio donde jugamos a establecer los valores y los sentimientos que unidos a las personas, los objetos, los caminos y las proyecciones, que conforman una sociedad. Y la sociedad, si quiera constituirse en Estado, que lo haga, y si quiere ser una asociación de intereses mutuos y aglutinados, que lo haga, y si quiere superar esa concepción y lo consigue, es posible que no sea un Estado, pero puede llegar a ser algo más importante, porque entonces dejaría de tener sentido acomodarse a una definición que, no dudemos en afirmarlo y proclamarlo, por muchos parches que le endosen, obsolece a cada paso que damos hacia delante.

Podéis creer en un modelo u otro, podéis discutir si el objeto del Estado debe ser éste o aquél, podéis conjeturar sobre la validez del patrón que usaremos para estudiarlo, podéis calcular si existe una medida óptima o pésima, si es mejor o peor la competencia o la cooperación, podéis odiarlo o amarlo. Topdas estas cosas podréis, sin embargo, bajo una sola condición: si entendéis que formar parte de algo, sea un Estado, un grupo, una sociedad o cualquier otra cosa, desde la nimiedad y la importancia de ese mínimo pocentaje de pertenencia podéis intervenir primero, conociéndolo después, y por último actuando. Preguntaos: ¿quiénes creemos que somos 'nosotros'? y, si fuéramos 'ellos' ¿en qué modo y en qué condiciones arbitraríamos esa distancia? El 'nosotros' y el 'ellos' podrían no tener sentido más allá de un divertido inicio de juego, como mirarse el ombligo y ver tansolo un extraño instrumento musical para el que no sirven las palabras, sólo el lenguaje del ritmo. Jueguen, rían, lloren, amen u odien, mas no lo hagan sin ser conscientes de lo que están haciendo.