dijous, 3 de juliol de 2008

Anarquía, Derecho y derechos: la vinculación relativa

El Estado se define porque retiene el monopolio de la fuerza, pero ¿por qué? El Estado mantiene la facultad de coacción porque no puede admitir el disenso. Toda la ingeniería organizativa del Estado está dirigido a que alguien dé la última palabra sobre una determinada materia, de cuya decisión no puede escapar nadie. Este no es solamente un error teórico, sino que es un ejercicio de hipocresía porque sabemos ya a ciencia cierta que trabajan con una hipótesis absurda: que el que toma la decisión siempre toma la correcta, que el Derecho siempre es justo. Y así vamos, nos equivocamos a cada decisión que tomamos, pero es en nuestro nombre y bajo nuestra autorización. Pero la cadena de autorizaciones hace ilusoria la misma palabra e idea de la democracia: se trata de una lánguida falacia.

Al final se impone el dinero, otro sistema de autorización: si tienes dinero lo puedes hacer todo, si no tienes dinero eres prácticamente impotente, o eso es lo que nos venden.

Una idea clave para entender la anarquía es que nadie tiene el monopolio sobre nada: todo es posible al mismo tiempo. Nadie lo decide todo, y todos no podemos decidir nada, aunque podemos hacerlo todo. Todas las revoluciones han fracasado porque siempre han intentado imponer una visión del cómo hacerlo todo y han debido imponerlo de igual forma que el Estado, con el uso de la fuerza en monopolio. Sin ese poder, las cosas pueden ser muy distintas: nadie monopoliza nada, no existe el Derecho. Sólo existe la posibilidad de legitimarse frente al colectivo y conquistar "un derecho a...", una libertad. A partir de esta premisa se formó la república romana, cuyo antecedente es la anarquía que quedó al derrocar la monarquía (a través de clanes familiares, etc... no se trataba de una sociedad justa, ni mucho menos, y aunque no existía la propiedad como la entendemos hoy, se trataba de una sociedad latifundista). El derrocamiento del poder superior les dejó el vacío y a través de ahí tuvieron que apañárselas para hacer las cosas lo mejor posible. Le sacaban el jugo a la ciudadanía (ius como jus, de donde proviene justicia) en asambleas, buscaban las soluciones de los antiguos (que es lo que desembocó en el sistema de magistraturas, donde los magistrados eran los que conocían las antiguas soluciones, o leges). Empezaron de nuevo, pero volvieron a caer en el mismo error: dejaron de practicar los derechos y empezaron a practicar el Derecho.

Todas las luchas en las que el pueblo ha defendido sus derechos, lo ha hecho en oposición contra una decisión o un decisor, se lucha por derechos, no por el Derecho (en este error se manifiesta lapanfletera admiración de los juristas por Jhering, el autor de La lucha por el Derecho), pues cuando se produce la lucha, ésta nunca encuentra a los juristas, que suelen tener más apego por el Derecho y el Poder que por los derechos o el apoderamiento (self-empowerment). Es muy posible que la población insurrecta siempre quisiera hacer tabula rasa, porque cuando explota explota por una diversidad de motivos y encuentra en el caos la posibilidad de ver nacer un orden diferente en el que se sientan partícipes y respetados, pero siempre llega alguien con argumentos complicados y se lleva el fruto de la victoria en forma de Derecho, no tanto en forma de derechos, aunque sean parte de su material propagandístico (en la Revolución Francesa, la burguesía). Pero probablemente no sepan del todo que lo que quieren es esa tabula rasa, o incluso que no lo quieran, porque desconfían de sí mismos y (también, o por eso mismo) del resto de los mortales, lo que ha llevado siempre a confiar en alguien a priori "más sabio" que les dé una solución sencilla, realizable. La desconfianza hacia la humanidad del otro (que en contextos de escasez es la única regla) hace buscar una solución segura, aunque no sea la más razonable, o correcta, o eficiente. La seguridad pública sólo tiene un objetivo: proteger los intercambios. Y si hay que protegerlos es por algo: porque están mal distribuidos, con parámetros muy diferentes a los de la necesidad, pero esta es otra historia.

La historia de los derechos es una historia de oposiciones (derecho a que se respete un interés particular, derecho a una prestación, ...). También podríamos hablar de libertades, que tienen tanto de positivo (poder hacer...) como de negativo (oposición a ... incluso a las omisiones o inacciones de otros); libertades y derechos en el fondo son lo mismo, pues sus efectos nos hacen libres de interferencias ilegítimas. En el fondo, no son nada más que posiciones que relativizan la vinculación de las normas generales. Han nacido como excepciones que han pasado a ser regla, que detienen el efecto de las normas y generan un nuevo equilibrio, una nueva posición basada en un nuevo consenso, que procede del disenso y por eso requiere de lucha.

Una sociedad sin poderes individuales y con mucho poder acumulado en capas reducidas de la sociedad que pretenden monopolizar el poder colectivo, no producirá más que lucha de oposición en busca del respeto a los derechos y libertades, de la justicia. Una sociedad formada por personas apoderadas de sí mismas, de su condición actora, exigente con sus derechos, haría innecesaria la existencia de un poder centralizado que proteja a la población, pues ésta sería autónoma para pronunciarse, no necesitaría programas ni lúcidas ideas, y este es el nexo de unión entre socialistas y anarquistas, el socialismo libertario. Pero siempre, siempre, tendría que encontrar formas para hacer compatible o dilucidable el ejercicio de libertades y el ejercicio de derechos, tanto colectivos como individuales. Mientras consenso y disenso no sean compatibles o mientras la línea sólo pueda trazarla un grupo reducido de personas, el individuo desapoderado necesitará que el Estado le diga qué es lo bueno y lo malo, lo cual sólo lleva a la esquizofrenia y, finalmente, al trauma social. La historia de los derechos es una historia de relativización del poder, de oposición libertaria a la dominación del poderoso, de conquista activa de esas posiciones de disenso que combate el inicial consenso y se encuentra con él, esto es, de convivencia entre consenso y disenso. Sin esa posición activa, el individuo no lo es: no es más que el diente de una cadena y deja de ser persona, vuelve a ser sólo animal.