dimarts, 6 d’octubre de 2009

Los espías son nuestros

Filtros, convenciones, códigos, cautelas (excesivas siempre). Cuando desconfiamos buscamos un culpable y no es otro que el que tenemos ante el espejo. Cuando intrigamos ocultándonos (porque criticamos a alguien a escondidas), generamos un conocimiento parcial que se puede considerar secreto y, por consiguiente y sin embargo, entonces difundido. Nuestras críticas siempre llegan al otro lado y el miedo nos empuja a ocultarlas, en vano, y lo sabemos e ignoramos.

Esta especie de esquizofrenia genera la sospecha del otro (el criticado) que ha conocido la crítica por una tercera, cuarta, quinta, sexta persona (en su peor versión, seguramente) y el aludido desconfía con lógica paranoia. Aquí hay una bifurcación, porque una persona clara intentaría asumir la crítica y arreglarlo de algún modo; por el contrario, una persona encegada, puede obrar vigilando al otro y todas las acciones que pueda emprender contra él, y conforma un dispositivo de espionaje. En todos los tiempos se han sucedido este tipo de estúpidos acontecimientos, consecuencia del devenir cruzado de dos covardías concatenadas. En realidad, los espías los creamos nosotros con nuestros secretos y escondites, con nuestra incapacidad de ser dignamente explícito, claro. De otro lado, actúan otros tipos de lenguaje más objetivos: en ese punto, hasta la verdad complica más las cosas. Los espías son nuestros, son consecuencia de nuestros actos y omisiones.

Cuando obramos con sinceridad y exponemos nuestra crítica, por cruda que sea, en público (normalmente cuando ya no tenemos nada que perder, es decir, en el peor momento), nuestra crítica suele ser más eficaz, máxime si es colectiva. Hagámoslo como costumbre y no como grito: propongo.

Contexto: un crítico televisivo entrevista a un presentador de informativos. Este periodista cubría una noticia sobre la represión hacia los estudiantes disidentes al Plan de Bolonia. La noticia televisiva fue criticada por todos, incluídos los estudiantes (en realidad, los únicos estudiantes que aparecían estaban encapuchados bandera en mano, ante una policía que cargo incluso contra periodistas); el periodista se excusa diciendo que los estudiantes habían puesto muchos filtros y era imposible acceder a ellos. Esta entrevista me ha obligado a pensar en las intrigas que nos traemos entre nosotros, entre los libertarios en Barcelona. No me refiero a los militantes exclusivamente, sino al resto de la ciudad, que también aspira a la liberación, pues todos nos escondemos de los fantasmas que creamos no solo en la lucha social, sino también en el trabajo, con nuestros conocidos, en el gimnasio, por la calle... Creo que el coste de la confianza es bajo en general e ínfimo a largo plazo. Saldremos ganando si hablamos con claridad y asumimos lo que pensamos mostrándoselo a los demás (la persona que domina una situación -la jefa, la compañera, la amiga- no quiere que le critiquen o que le desobedezcan), pero si todos hablásemos ante los demás con claridad, esas personas que pretenden dominarnos cejarían en su empeño de dominar y pasarían ser una compañer, como las demás. Yo sigo intentándolo. Por cierto, la excusa del periodista no es del todo creíble. Los estudiantes comunican sus motivos y sus decisiones colectivamente en comunicados que, en alguna ocasión, podrían ser leídos, explicados, resumidos o referenciados. Intentar buscar una persona sola para entrevistar -cuando entre muchos han elaborado un documento explicativo de su posición- no cuenta como trabajo, si no es complementando una información mucho más compleja, documentada y aséptica.