diumenge, 19 de juny de 2011

Matarlos sin tocarlos

Los representantes políticos hacen oídos sordos a gran parte de la población porque no les gusta lo que dicen. Siguen jugando con fuego mientras la abstención llega (y en ocasiones, supera) el 50% de la población con derecho a voto. Los mismos que enarbolan la Constitución a conveniencia la obvian cuando la gente les pide más y mejor democracia. Si el artículo 9.2 de la Constitución dijera que NO "corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social" o si el artículo 128, en vez de decir "Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general" dijera que está subordinado a las necesidades del mercado financiero, todavía se entendería esa cerrazón.

Sí, las pocas partes buenas del pacto escrito de la "modélica" la transición se las han ventilado y han cerrado filas entorno a cualquier debate. Fijaos en cómo hacen las reformas laborales, por ejemplo, allí donde el empresario recibe una mejora, lo único que ganan los trabajadores es "no perder más". Sí, han conseguido arrastrar en su vorágine corrupta una red clientelar que no se puede menospreciar: sindicatos, asociaciones de vecinos, artistas y una larga lista de individualidades que se venden por un empleo o incluso por una esperanza. Olvidaos, esto ya no es una democracia, es una dictadura con cara amable, y las dictaduras no pueden ser reformadas, sólo pueden ser destruidas. No nos hace falta una segunda transición, sino una ruptura definitiva de régimen, puesto que ha acabado por no ser muy diferente, aunque tenga una cara amable, porque siguen habiendo grises que apalizan a la gente y que torturan.

Irónicamente, los herederos de un sistema que se conquistó a golpe de guillotina, no dudan en sacar a pasear a los provocdores profesionales al escenario para luego comparar a los ciudadanos que han decidido decir "basta" con los nazis. Su demencia es tan grave que incluso acaban por hablar de "violencia extrema pacífica". Ya ni tan siquiera recurren a la sofisticación con la neolengua, ellos son el sistema y punto (como si eso, hoy día, fuera loable, cuando en realidad es sinónimo de corrupción, de arbitrariedad, de mentira, de sufrimiento ajeno, de explotación). Nosotros les haríamos una bonita corbata con una cuerda y luego les dejaríamos volar, así alegremente, pero sabemos que el germen de la corrupción anda suelto porque no ha cambiado el clima que favorece su desarrollo. En definitiva, una revolución política de esas de quítate tú para ponerme yo no es una solución viable, nos dirigimos hacia una revolución social, de esas que no cambian a las personas en el poder, sino el poder en sí mismo y a las personas por encima de todo, en sus decisiones cotidianas. Se trata de diluir el poder, de compartirlo, de legarlo a lo mejor de nosotros, a nuestra indivisible e irrenunciable responsabilidad. Si optamos por no delegar el poder y si aceptamos que el enemigo también lo tenemos dentro nuestro, el camino a emprender no puede ser un golpe de fuerza, debe ser una autoafirmación permanente, definitiva (eso a lo que los moderniquis llaman "empoderamiento").

Hecha la rigurosa denuncia que legitime el discursito, me propongo proponer. Debemos matarlos, matarlos sin tocarlos. Evidentemente, se trata de una metáfora. Por 'matarlos' debe entenderse 'desactivarlos', y por 'sin tocarlos' quiere decir que debemos protegernos de sus ataques, evitando el contagio. Es cierto, una jacquerie es más rápida, una secessio plebis bien ejecutada es muy efectiva, pero no pensamos en términos de venganza ni en términos corto-placistas, sino que nuestras necesidades pasan por emprender un camino nuevo que piense en el largo plazo, volver a pensar y a dirigirnos hacia la utopía, ese no-lugar al que sólo se llega caminando.

El poder tiene una red de corrupción a su servicio y para que sea efectiva deben convertir a las víctimas en victimarios continuamente. Se trata de un enorme, gigantesco, mecanismo de coerción a cuyo servicio, el Estado es su mejor instrumento. Nuestra única arma es generar mecanismos de solidaridad que acaben por desactivar esos mecanismos de coerción. Sólo de ese modo, las víctimas podrán ver un futuro más allá sin convertirse en victimarias. Porque nuestros enemigos se encuentran, además de en el Estado, en los grandes centros de distribución, en las grandes empresas de alimentación, de telecomunicaciones, editoriales, necesitamos desactivar también esos centros de poder. Dejando de votar sólo conseguiríamos deslegitimarlos cada vez más, erosionarlos pero sin desactivar su poder, tienen policía y ejército. Si además de ignorarlos con el comportamiento electoral, sea el que sea, empezamos a trabajar y a luchar sin entrar en confrontación directa, tarde o temprano llegará su ocaso. Cuando una asamblea de barrio o municipal reuna una gran mayoría de vecinos y organice la vida económica del pueblo de forma cooperativa y autogestionada, poco tendrá que hacer el ayuntamiento.

Todo el mundo se plantea qué sucedería en ese caso, y creen que se generaría paro. En realidad, la economía es como la energía, también se transforma, si dejáramos de consumir en un centro comercial, realizaríamos otros consumos. Lo más importante, sin embargo, no sería eso, sino que independizándonos de la economía industrial, todas podríamos dedicar nuestro tiempo a tareas que nos fueran de verdad agradables. Además de que el empleo se desplazaría hacia la autoorganización, tendríamos el control del excedente, la comida no sería desechada, sino repartida, las redes de telecomunicación serían distribuídas, y así sin fin, las cosas empezarían a fluir desde las necesidades y no desde el derroche.

Ésta, sin embargo, debería ser una situación de transición, cuando hayamos organizado la distrubución de acuerdo con necesidades y no por capacidad de consumo, el dinero se hará cada vez más inservible. Veamos un ejemplo: ahora tenemos miles de trabajadores en la industria del téxtil (sustitúyase por cualquier otro sector), si los empleamos en generar almacenes de barrio, donde se cuide de las telas y se las dé nuevos usos, donde se reutilice y recicle, esos trabajadores ya tendrán empleo, eso en el corto plazo. Al largo plazo, nos capacitarán el resto para poder participar en esa actividad y podremos alimentarlos con nuestros excedentes libres de comercio. Actuando de este modo, tomando los centros de trabajo que el capitalismo abandone, apropiándose de lo común y haciendo un uso extensivo del espacio público para la actividad solidaria, podemos revertir cualquier fuerza de coerción.

Existen ámbitos donde el capitalismo y el Estado son difíciles de sortear, en esos campos hay que ser o paciente para arrinconarlos en su estupidez y su lucro inservible o valientes para desactivarlos, con actitudes unitarias y firmes.

En definitiva, la única manera de acabar con un sistema corrupto guiado por la coerción es no darle tregua, actuar de modo radicalmente distinto, con otros patrones, sabiendo renunciar a la comodidad y, como decía Lucio Urtubia, trabajando y luchando, trabajando y luchando, trabajando y luchando, así hasta diluir la importancia y capacidad de los grandes centros de decisión. No se trata de ganar en su cancha a su juego, se trata de jugar a otro juego. Y tal vez no se trate de cambiar las normas, sino de jugar sin necesitarlas, ni las normas ni los árbitros que, de haberlas, se erigen rápidamente en sus guardianes.

Su camino vira hacia el desastre, debemos tomar nuestro propio camino, sin prisa pero sin pausa, porque vamos lejos y no tenemos intención de detenernos ni dejaremos que nos detengan.

Nuestro futuro está a unas coordenadas más allá, en una dimensión desconocida y se asemeja mucho a una tabula rasa. ¿Por qué tenemos tanto miedo al vacío cuando una tabula rasa sería el mejor regalo que podríamos ofrecernos a nosotros y a las generaciones futuras? ¿Por qué pasar página cuando podemos escribir otro relato?