Lo primero que te enseñan cuando entras en la Facultad de Derecho es que el Derecho es fruto de la lucha social y te lanzan a conciencia el discurso de Jhering que, de hecho, hablaba de nacionalismo y no de derechos sociales, como te habrías imaginado. Antes de acabar la carrera ya te has dado cuenta de que era, como solemos decir, una moralina, una moralina de profesores frustados que deben mantener cierto progresismo en su discurso, como intentando aparentar que no sabemos que ellos ya han sido absorvidos por el discurso oficial y son parte de la lucha entre tribus por el poder, pues de otro modo no seguirían en ese rincón de la vida.
Últimamente, los cambios acontecidos en la comprensión del Derecho son, por decirlo claro y rápidamente, espeluznantes. Ordenanzas que te prohiben cantar, quitarte la camiseta o jugar con un monopatín; aplicación (en modo terrorista de Estado) del principio de precaución, surgido de la lucha por la protección del medio ambiente, al ámbito de la seguridad internacional, como si fuera un 'derecho a la guerra'; expulsiones masivas de extranjeros sin ninguna respuesta internacional; legislación hipotecaria que te deja sin casa y con una deuda de por vida; corrupción urbanísitca mediante planes urbanísticos y convenios secretos sin perseguir ni castigar; doctrinas judiciales especiales para banqueros; campos de internamiento para extranjeros con periodos legales de estancia cada vez más largos y cada vez más masificados; políticas de reclusión de menores en cárceles encubiertas donde el maltrato y los suicidio están a la orden del día; ...
El Derecho ha acabado por dar cobertura a todos los comportamientos antisociales habidos y por haber y, en los últimos años, su capacidad para desmontar el entramado de derechos conquistados tras largas, duras y sangrientas luchas, ha demostrado ser infalible, implacable, arrolladora. Exponencialmente, el Derecho ya no atiende a razones, su adaptación a la realidad es cada vez más aberrante, más arbitraria, menos acomplejada. Es como el caso de los tomates: a principios de siglo XX un abogado consiguió que se considerara el tomate como una verdura cuando en realidad era una fruta, ganando una reducción de impuestos a su cliente. El canon digital es un exponente del mismo fenómeno: aplicar una norma a una realidad que nada tiene que ver con el supuesto sancionado legalmente. El canon digital, por ejemplo, ha sido origen del robo más espectacular de toda la historia reciente. Autores cobrando ingentes sumas de dinero por el uso que nosotros hacemos del ordenador visualizando blogs, utilizando nuestras fotografías, documentos públicos: esto es, apropiándose la remuneración por los derechos de terceros.
El derecho es sinónimo de SAQUEO generalizado. Miren sino lo que sucede con los sectores 'esenciales', otrora servicios públicos, hoy señoríos de especuladores y mafiosos. Y es un saqueo PELIGROSO. Lo acontecido en Fukushima lo demuestra: el que tiene poder puede aniquilar la salud de una sociedad y quedar impune. Con semejante premio, a quién no le gustaría jugar... "No estamos rodeados más que de ladrones y traidores" dice un hombre en la televisión, "Es un engaño de los de arriba", dice otro. Y ahora ya, con desfachatez, se ha dispersado la inmundicia del pisoteo al otro de una forma alucinante. "Antes eran los pistoleros, ahora sois vosotros" me dijo ayer un manifestante escribiéndolo a las puertas de un sindicato mayoritario. Más razón que un santo, hasta los sindicatos nos han traicionado por unas míseras migajas.
Lo siento por usted, si antes creíamos que todavía era necesaria la lucha por los derechos (vivienda, salud, educación, etcétera) y por unas decisiones normativas justas, ahora hemos visto claro que hay que pasar página porque esta ya la hemos leído enterita... y no ha acabado muy bien, que digamos. No es que hayamos cambiado de táctica ni de objetivos, es que la realidad ha cambiado y se ha vuelto contra nosotros. Nos han robado la ingenuidad de un plumazo.
Ha llegado el momento de parar desahucios, crear cooperativas de trabajo, cooperativas de consumo, cooperativas de autogestión financiera, encerrarse en los centros sanitarios para evitar su cierre, manifestaciones masivas, acampadas, señalamientos, gritos, sabotajes, neutralización de dispositivos policiales, redes populares de telecomunicaciones, librerías, asambleas, conciertos solidarios, huertos comunitarios, lecturas colectivas, talleres de costura, misiones de ayuda humanitaria, prensa de base, radios populares, ocupaciones de espacios públicos y privados, torneos sin vencidos, certámenes sin premios, huelgas, piquetes, caceroladas, y así hasta el infinito y más allá...
Esta es nuestra lucha contra el Derecho (y por la humanidad, como dirían unos amigos). No queda otra, ya no, no más.
Hemos dejado las armas por el ordenador y la pala, hemos dejado la burocracia y hemos tomado la autoorganización, hemos dejado de escuchar para tomar la palabra, hemos dejado de obedecer para crear, hemos abierto los ojos y ya no los volveremos a cerrar. Y que nos quiten los soñao, porque hemos cogido el rumbo y lo iremos decidiendo colectivamente, entre todas las personas que queremos compartir el mundo, la sonrisa y la mirada.
(Así, de un tirón, a jueves 21 de julio de 2011, 11:15 AM)
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dijous, 21 de juliol del 2011
dimarts, 24 de novembre del 2009
Los Anti-Oscar del Derecho
Me he decidido a entregar los anti-Oscar del Derecho, algo así como los Razzie para abogados. Y los premiados son:
- Mejor actor secundario: Santiago Muñoz Machado, por ser enjuiciado en un caso de alteración de estructura accionarial de las empresas de Berlusconi relacionadas con TeleCirco y luego, después de ser absuelto, querellarse contra Garzón por haber abierto el caso.
- Mejor acriz secundaria: Emilia Casas, presidenta del Tribunal Cosntitucional por asesorar a una abogada que llevaba un caso de violencia de género y decirle "si llega al Constitucional, me avisas".
- Mejor actor revelación: Al abogado Pau Molins, defensor del sr. Millet (el saqueador del Palau de la Música) por decir, en el programa Ágora excusando al señor Millet, que ya había pasado suficiente vergüenza confesando que había robado, como si el robar en sí mismo no fuera lo vergonzoso...
- Mejor iluminación: Macià Alavedra y Lluís Prenafeta, por saquear ayuntamientos a golpe de plan urbanístico y sorprenderse de que la cama de la trena no estuviera hecha.
Continuará...
- Mejor actor secundario: Santiago Muñoz Machado, por ser enjuiciado en un caso de alteración de estructura accionarial de las empresas de Berlusconi relacionadas con TeleCirco y luego, después de ser absuelto, querellarse contra Garzón por haber abierto el caso.
- Mejor acriz secundaria: Emilia Casas, presidenta del Tribunal Cosntitucional por asesorar a una abogada que llevaba un caso de violencia de género y decirle "si llega al Constitucional, me avisas".
- Mejor actor revelación: Al abogado Pau Molins, defensor del sr. Millet (el saqueador del Palau de la Música) por decir, en el programa Ágora excusando al señor Millet, que ya había pasado suficiente vergüenza confesando que había robado, como si el robar en sí mismo no fuera lo vergonzoso...
- Mejor iluminación: Macià Alavedra y Lluís Prenafeta, por saquear ayuntamientos a golpe de plan urbanístico y sorprenderse de que la cama de la trena no estuviera hecha.
Continuará...
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dimecres, 12 de novembre del 2008
Yo no tengo moral, tengo cultura
Soy de pueblo y tengo una cultura de pueblo. Aunque me he criado en la ciudad, me he ido desprendiendo, con tiempo y esfuerzo, me he ido desprendiendo de todas aquellas anormalidades que la vida en vertical ha trazado en nosotros. Antes, cuando no existían medios materiales y la mayoría de las casa seran bajas, las gentes salíamos a la calle con normalidad a charlar, sacando nuestra silla a la calle, comiendo y bebiendo en la calle. Hoy día, estas actividades se consideran contrarias a la convivencia. Es una soberana estupidez de la que sólo puede ser artífice el precedente del régimen orwelliano, aunque el color de su collar sea el más bonito del mundo. La vida en aislamiento que nos impone la arquitectura urbana no hace más que originar problemas de convivencia, puesto que no se comparte, no se conversa, no se intercambian opiniones y, en definitiva, no se puede entender la sociedad tal y como es.
El modelo de moral, primero impuesto por la religión y, ahora, por los poderes públicos al ritmo del adagio “orden público” traza una línea de positivismo (en el sentido filosófico-normativo) en nuestras vidas diciéndonos lo que podemos hacer y lo que no podemos hacer, aunque vaya en contra de nuestra propia naturaleza y origine, ipso facto, distorsiones evidentes en nuestra forma de pensar y comportarnos. El orden impuesto no es viable porque niega nuestra parte animal, la racionalidad absoluta, además de constituir un imposible, no nos llevarà a la utopía, puesto que el ser humano es animal y el animal también forma parte de nuestras decisiones... y el animal, como animal que es, se equivoca, mucho y frecuentemente de forma grave.
Una concepción más cercana a nuestra naturaleza humana y animal es la de comprender las cosas, incluso los conflictos, como elementos intrínsecos de la cultura humana que se genera en la sociabilidad (renunciamos a la soledad para obtener mayores beneficios), en el devenir de las cosas. El refranero popular da bastantes ejemplos que se reiteran una y otra vez y que las leyes no pueden cambiar: la primera norma sociológica del derecho es la de “hecha la ley, hecha la trampa”. Los que nos hemos criado de la mano de una generación criada en el pueblo y que crecimos antes de que el cosmopolitismo se apoderara de nuestro presente, incluso en medio de la transición, bien sabemos que las normas no pueden parar la avaricia humana, y todo lo que conforma nuestra naturaleza humana (50% razón, 50% instinto), y que sólo el aprendizaje colectivo de las situaciones que nos envuelven pueden salvarnos de esos pequeños sinsabores que nos da la vida, que sólo con el conocimiento podemos aprender a dominar los impulsos que hacen la vida más insufrible y a asumir el instinto con cautela pero sin ceguera, sin prisa pero sin calma. Por estos motivos yo no tengo moral, tengo cultura
El modelo de moral, primero impuesto por la religión y, ahora, por los poderes públicos al ritmo del adagio “orden público” traza una línea de positivismo (en el sentido filosófico-normativo) en nuestras vidas diciéndonos lo que podemos hacer y lo que no podemos hacer, aunque vaya en contra de nuestra propia naturaleza y origine, ipso facto, distorsiones evidentes en nuestra forma de pensar y comportarnos. El orden impuesto no es viable porque niega nuestra parte animal, la racionalidad absoluta, además de constituir un imposible, no nos llevarà a la utopía, puesto que el ser humano es animal y el animal también forma parte de nuestras decisiones... y el animal, como animal que es, se equivoca, mucho y frecuentemente de forma grave.
Una concepción más cercana a nuestra naturaleza humana y animal es la de comprender las cosas, incluso los conflictos, como elementos intrínsecos de la cultura humana que se genera en la sociabilidad (renunciamos a la soledad para obtener mayores beneficios), en el devenir de las cosas. El refranero popular da bastantes ejemplos que se reiteran una y otra vez y que las leyes no pueden cambiar: la primera norma sociológica del derecho es la de “hecha la ley, hecha la trampa”. Los que nos hemos criado de la mano de una generación criada en el pueblo y que crecimos antes de que el cosmopolitismo se apoderara de nuestro presente, incluso en medio de la transición, bien sabemos que las normas no pueden parar la avaricia humana, y todo lo que conforma nuestra naturaleza humana (50% razón, 50% instinto), y que sólo el aprendizaje colectivo de las situaciones que nos envuelven pueden salvarnos de esos pequeños sinsabores que nos da la vida, que sólo con el conocimiento podemos aprender a dominar los impulsos que hacen la vida más insufrible y a asumir el instinto con cautela pero sin ceguera, sin prisa pero sin calma. Por estos motivos yo no tengo moral, tengo cultura
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diumenge, 17 d’agost del 2008
Lectura recomenada: La Balada de la Justicia y la Ley, Alejnadro Nieto
Os dejo con algunos trocitos de cielo, del libro la Balada de la Justicia y la Ley, del profesor Alejandro Nieto:
"Quienes defienden su derecho individual y al tiempo pretenden derribar el Sistema en que se ha producido la injusticia desean algo más que matar dos pájars de un tiro: no son simples oportunistas pragmáticos sin individuos convencidos de que las injusticias individuales son hijas del Sistema y que, por tanto, para eliminar aquéllas hay que empezar por éste. Y no les falta razón, porque la realidad es que el Sistema defiende de ordinario el acto injusto en cuyo seno se ha producido, demostrando con ello que no es neutra y que está dispuesto a o reconocer sus errores o, mejor aún, que la injusticia concreta no es un error, una excepción al Sistema sino su producto natural. En términos deliberadamente enfáticos puede, por tanto, afirmarse que el Sistema que no depura por su propio impulso sus actos injustos es un Sistema injusto y que, si se trata de actos ilegales, pierde su pretendida legitimidad legal, puesto que el fruto venenoso procede de un árbol envenenado (p. 275)".
"Los ilustrados imaginaron -en contra de los informes de los viajeros y descubridores, hoy antropólogos- un < y, puestos a fantasear, se inventaron un pintoresco <<contrato social>> no menos falso. Los hechos, sin embargo, muy diferentes y más ciertos parecen estar quienes afirman la maldad natural del hombre y la iniquidad de las agrupaciones sociales (p. 286)".
"[...] la injusticia paga bien. A través de ella se alcanza dinero y poder.
Lo anterior explica que la injusticia no sea patrimonio exclusivo del Estado, sino que su verdadero reino esté en la sociedad. Si el hombre es perverso por naturaleza (recuérdese el mito cristiano del pecado original), obra injustamente siempre que tiene alguna posibilidad de hacerlo, algún poder sobre los demás. Las estructuras públicas son el instrumento ideal para la imposición del egoísmo, y por ello la injusticia opera habitualmente desde el Estado. Peron no faltan otros instrumentos adecuados. Allí donde hay poder, hay injusticia (p. 287)."
"Quienes defienden su derecho individual y al tiempo pretenden derribar el Sistema en que se ha producido la injusticia desean algo más que matar dos pájars de un tiro: no son simples oportunistas pragmáticos sin individuos convencidos de que las injusticias individuales son hijas del Sistema y que, por tanto, para eliminar aquéllas hay que empezar por éste. Y no les falta razón, porque la realidad es que el Sistema defiende de ordinario el acto injusto en cuyo seno se ha producido, demostrando con ello que no es neutra y que está dispuesto a o reconocer sus errores o, mejor aún, que la injusticia concreta no es un error, una excepción al Sistema sino su producto natural. En términos deliberadamente enfáticos puede, por tanto, afirmarse que el Sistema que no depura por su propio impulso sus actos injustos es un Sistema injusto y que, si se trata de actos ilegales, pierde su pretendida legitimidad legal, puesto que el fruto venenoso procede de un árbol envenenado (p. 275)".
"Los ilustrados imaginaron -en contra de los informes de los viajeros y descubridores, hoy antropólogos- un <
"[...] la injusticia paga bien. A través de ella se alcanza dinero y poder.
Lo anterior explica que la injusticia no sea patrimonio exclusivo del Estado, sino que su verdadero reino esté en la sociedad. Si el hombre es perverso por naturaleza (recuérdese el mito cristiano del pecado original), obra injustamente siempre que tiene alguna posibilidad de hacerlo, algún poder sobre los demás. Las estructuras públicas son el instrumento ideal para la imposición del egoísmo, y por ello la injusticia opera habitualmente desde el Estado. Peron no faltan otros instrumentos adecuados. Allí donde hay poder, hay injusticia (p. 287)."
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dijous, 3 de juliol del 2008
Anarquía, Derecho y derechos: la vinculación relativa
El Estado se define porque retiene el monopolio de la fuerza, pero ¿por qué? El Estado mantiene la facultad de coacción porque no puede admitir el disenso. Toda la ingeniería organizativa del Estado está dirigido a que alguien dé la última palabra sobre una determinada materia, de cuya decisión no puede escapar nadie. Este no es solamente un error teórico, sino que es un ejercicio de hipocresía porque sabemos ya a ciencia cierta que trabajan con una hipótesis absurda: que el que toma la decisión siempre toma la correcta, que el Derecho siempre es justo. Y así vamos, nos equivocamos a cada decisión que tomamos, pero es en nuestro nombre y bajo nuestra autorización. Pero la cadena de autorizaciones hace ilusoria la misma palabra e idea de la democracia: se trata de una lánguida falacia.
Al final se impone el dinero, otro sistema de autorización: si tienes dinero lo puedes hacer todo, si no tienes dinero eres prácticamente impotente, o eso es lo que nos venden.
Una idea clave para entender la anarquía es que nadie tiene el monopolio sobre nada: todo es posible al mismo tiempo. Nadie lo decide todo, y todos no podemos decidir nada, aunque podemos hacerlo todo. Todas las revoluciones han fracasado porque siempre han intentado imponer una visión del cómo hacerlo todo y han debido imponerlo de igual forma que el Estado, con el uso de la fuerza en monopolio. Sin ese poder, las cosas pueden ser muy distintas: nadie monopoliza nada, no existe el Derecho. Sólo existe la posibilidad de legitimarse frente al colectivo y conquistar "un derecho a...", una libertad. A partir de esta premisa se formó la república romana, cuyo antecedente es la anarquía que quedó al derrocar la monarquía (a través de clanes familiares, etc... no se trataba de una sociedad justa, ni mucho menos, y aunque no existía la propiedad como la entendemos hoy, se trataba de una sociedad latifundista). El derrocamiento del poder superior les dejó el vacío y a través de ahí tuvieron que apañárselas para hacer las cosas lo mejor posible. Le sacaban el jugo a la ciudadanía (ius como jus, de donde proviene justicia) en asambleas, buscaban las soluciones de los antiguos (que es lo que desembocó en el sistema de magistraturas, donde los magistrados eran los que conocían las antiguas soluciones, o leges). Empezaron de nuevo, pero volvieron a caer en el mismo error: dejaron de practicar los derechos y empezaron a practicar el Derecho.
Todas las luchas en las que el pueblo ha defendido sus derechos, lo ha hecho en oposición contra una decisión o un decisor, se lucha por derechos, no por el Derecho (en este error se manifiesta lapanfletera admiración de los juristas por Jhering, el autor de La lucha por el Derecho), pues cuando se produce la lucha, ésta nunca encuentra a los juristas, que suelen tener más apego por el Derecho y el Poder que por los derechos o el apoderamiento (self-empowerment). Es muy posible que la población insurrecta siempre quisiera hacer tabula rasa, porque cuando explota explota por una diversidad de motivos y encuentra en el caos la posibilidad de ver nacer un orden diferente en el que se sientan partícipes y respetados, pero siempre llega alguien con argumentos complicados y se lleva el fruto de la victoria en forma de Derecho, no tanto en forma de derechos, aunque sean parte de su material propagandístico (en la Revolución Francesa, la burguesía). Pero probablemente no sepan del todo que lo que quieren es esa tabula rasa, o incluso que no lo quieran, porque desconfían de sí mismos y (también, o por eso mismo) del resto de los mortales, lo que ha llevado siempre a confiar en alguien a priori "más sabio" que les dé una solución sencilla, realizable. La desconfianza hacia la humanidad del otro (que en contextos de escasez es la única regla) hace buscar una solución segura, aunque no sea la más razonable, o correcta, o eficiente. La seguridad pública sólo tiene un objetivo: proteger los intercambios. Y si hay que protegerlos es por algo: porque están mal distribuidos, con parámetros muy diferentes a los de la necesidad, pero esta es otra historia.
La historia de los derechos es una historia de oposiciones (derecho a que se respete un interés particular, derecho a una prestación, ...). También podríamos hablar de libertades, que tienen tanto de positivo (poder hacer...) como de negativo (oposición a ... incluso a las omisiones o inacciones de otros); libertades y derechos en el fondo son lo mismo, pues sus efectos nos hacen libres de interferencias ilegítimas. En el fondo, no son nada más que posiciones que relativizan la vinculación de las normas generales. Han nacido como excepciones que han pasado a ser regla, que detienen el efecto de las normas y generan un nuevo equilibrio, una nueva posición basada en un nuevo consenso, que procede del disenso y por eso requiere de lucha.
Una sociedad sin poderes individuales y con mucho poder acumulado en capas reducidas de la sociedad que pretenden monopolizar el poder colectivo, no producirá más que lucha de oposición en busca del respeto a los derechos y libertades, de la justicia. Una sociedad formada por personas apoderadas de sí mismas, de su condición actora, exigente con sus derechos, haría innecesaria la existencia de un poder centralizado que proteja a la población, pues ésta sería autónoma para pronunciarse, no necesitaría programas ni lúcidas ideas, y este es el nexo de unión entre socialistas y anarquistas, el socialismo libertario. Pero siempre, siempre, tendría que encontrar formas para hacer compatible o dilucidable el ejercicio de libertades y el ejercicio de derechos, tanto colectivos como individuales. Mientras consenso y disenso no sean compatibles o mientras la línea sólo pueda trazarla un grupo reducido de personas, el individuo desapoderado necesitará que el Estado le diga qué es lo bueno y lo malo, lo cual sólo lleva a la esquizofrenia y, finalmente, al trauma social. La historia de los derechos es una historia de relativización del poder, de oposición libertaria a la dominación del poderoso, de conquista activa de esas posiciones de disenso que combate el inicial consenso y se encuentra con él, esto es, de convivencia entre consenso y disenso. Sin esa posición activa, el individuo no lo es: no es más que el diente de una cadena y deja de ser persona, vuelve a ser sólo animal.
Al final se impone el dinero, otro sistema de autorización: si tienes dinero lo puedes hacer todo, si no tienes dinero eres prácticamente impotente, o eso es lo que nos venden.
Una idea clave para entender la anarquía es que nadie tiene el monopolio sobre nada: todo es posible al mismo tiempo. Nadie lo decide todo, y todos no podemos decidir nada, aunque podemos hacerlo todo. Todas las revoluciones han fracasado porque siempre han intentado imponer una visión del cómo hacerlo todo y han debido imponerlo de igual forma que el Estado, con el uso de la fuerza en monopolio. Sin ese poder, las cosas pueden ser muy distintas: nadie monopoliza nada, no existe el Derecho. Sólo existe la posibilidad de legitimarse frente al colectivo y conquistar "un derecho a...", una libertad. A partir de esta premisa se formó la república romana, cuyo antecedente es la anarquía que quedó al derrocar la monarquía (a través de clanes familiares, etc... no se trataba de una sociedad justa, ni mucho menos, y aunque no existía la propiedad como la entendemos hoy, se trataba de una sociedad latifundista). El derrocamiento del poder superior les dejó el vacío y a través de ahí tuvieron que apañárselas para hacer las cosas lo mejor posible. Le sacaban el jugo a la ciudadanía (ius como jus, de donde proviene justicia) en asambleas, buscaban las soluciones de los antiguos (que es lo que desembocó en el sistema de magistraturas, donde los magistrados eran los que conocían las antiguas soluciones, o leges). Empezaron de nuevo, pero volvieron a caer en el mismo error: dejaron de practicar los derechos y empezaron a practicar el Derecho.
Todas las luchas en las que el pueblo ha defendido sus derechos, lo ha hecho en oposición contra una decisión o un decisor, se lucha por derechos, no por el Derecho (en este error se manifiesta lapanfletera admiración de los juristas por Jhering, el autor de La lucha por el Derecho), pues cuando se produce la lucha, ésta nunca encuentra a los juristas, que suelen tener más apego por el Derecho y el Poder que por los derechos o el apoderamiento (self-empowerment). Es muy posible que la población insurrecta siempre quisiera hacer tabula rasa, porque cuando explota explota por una diversidad de motivos y encuentra en el caos la posibilidad de ver nacer un orden diferente en el que se sientan partícipes y respetados, pero siempre llega alguien con argumentos complicados y se lleva el fruto de la victoria en forma de Derecho, no tanto en forma de derechos, aunque sean parte de su material propagandístico (en la Revolución Francesa, la burguesía). Pero probablemente no sepan del todo que lo que quieren es esa tabula rasa, o incluso que no lo quieran, porque desconfían de sí mismos y (también, o por eso mismo) del resto de los mortales, lo que ha llevado siempre a confiar en alguien a priori "más sabio" que les dé una solución sencilla, realizable. La desconfianza hacia la humanidad del otro (que en contextos de escasez es la única regla) hace buscar una solución segura, aunque no sea la más razonable, o correcta, o eficiente. La seguridad pública sólo tiene un objetivo: proteger los intercambios. Y si hay que protegerlos es por algo: porque están mal distribuidos, con parámetros muy diferentes a los de la necesidad, pero esta es otra historia.
La historia de los derechos es una historia de oposiciones (derecho a que se respete un interés particular, derecho a una prestación, ...). También podríamos hablar de libertades, que tienen tanto de positivo (poder hacer...) como de negativo (oposición a ... incluso a las omisiones o inacciones de otros); libertades y derechos en el fondo son lo mismo, pues sus efectos nos hacen libres de interferencias ilegítimas. En el fondo, no son nada más que posiciones que relativizan la vinculación de las normas generales. Han nacido como excepciones que han pasado a ser regla, que detienen el efecto de las normas y generan un nuevo equilibrio, una nueva posición basada en un nuevo consenso, que procede del disenso y por eso requiere de lucha.
Una sociedad sin poderes individuales y con mucho poder acumulado en capas reducidas de la sociedad que pretenden monopolizar el poder colectivo, no producirá más que lucha de oposición en busca del respeto a los derechos y libertades, de la justicia. Una sociedad formada por personas apoderadas de sí mismas, de su condición actora, exigente con sus derechos, haría innecesaria la existencia de un poder centralizado que proteja a la población, pues ésta sería autónoma para pronunciarse, no necesitaría programas ni lúcidas ideas, y este es el nexo de unión entre socialistas y anarquistas, el socialismo libertario. Pero siempre, siempre, tendría que encontrar formas para hacer compatible o dilucidable el ejercicio de libertades y el ejercicio de derechos, tanto colectivos como individuales. Mientras consenso y disenso no sean compatibles o mientras la línea sólo pueda trazarla un grupo reducido de personas, el individuo desapoderado necesitará que el Estado le diga qué es lo bueno y lo malo, lo cual sólo lleva a la esquizofrenia y, finalmente, al trauma social. La historia de los derechos es una historia de relativización del poder, de oposición libertaria a la dominación del poderoso, de conquista activa de esas posiciones de disenso que combate el inicial consenso y se encuentra con él, esto es, de convivencia entre consenso y disenso. Sin esa posición activa, el individuo no lo es: no es más que el diente de una cadena y deja de ser persona, vuelve a ser sólo animal.
dimarts, 13 de maig del 2008
¡Abajo las mayúsculas!
Si decimos "Él me iluminó" estamos haciendo referencia a una experiencia mística (a un engaño o una alucinación, vaya). Si decimos "él me iluminó" estamos contando que un tercero nos alumbra. ¿No es lo mismo verdad? Lo mismo sucede con "la Historia" y la historia; de hecho, en Chiapas, los niños no aprenden la Historia, sino que aprenden historias y, seguramente, no están tan adoctrinados como los demás niños del planeta y, por ende, les gusta lo que aprenden con el maestro y puede servirles de algo en el futuro. La enseñanza de la Historia da necesariamente una versión lineal y, por qué no decirlo, manipulada de aquello a lo que un profesor mía llamaba "una sucesión sucesiva de sucesos sucesivamente sucedidos". La Historia tiene vencedores y vencidos y nunca son los mismos dependiendo de quien la cuente. Una historia, en cambio, es otra cosa, ahí sí que podemos ahondar, buscarle causas y consecuencias y largos etcéteras, conjeturas, especulaciones con las que aprender incluso de nuestra mirada hacia ella.
En mi rama "pofesional" estudiamos el Derecho, un todo conjurado a ser un sistema cerrado (los positivistas así lo quieren) compuesto de normas (reglas y principios), costumbres y doctrina (jurisprudencial o académica). El derecho es todo lo contrario, lo no establecido, la oposición individual o de grupo a una determinada acción o la solicitud de una determinada acción por parte de la colectividad. Normalmente se dan muchas situaciones del tipo "el derecho contra el Derecho" en las que se contrasta el interés individual o de grupo con algo preestablecido. Hace años, mi inclinación hacia el derecho me ha ayudado a quitarme el corsé tan apretado que nos cosen durante la carrera, ese particular amor por una ciencia tremendamente exegética (análisis de las normas de derecho positivo, de las normas dictadas por el poder). Aviso para navegantes: yo no estudio el Derecho precisamente para mejorarlo, sino para mandarlo al ostracismo; el derecho es sólo un cincel con el que abrir o agrandar la brecha.
Del mismo modo, una institución es un hecho trascendente en la vida social, mientras que la Institución es un instrumento de dominación, una formalización de una posición privilegiada respecto de la sociedad. La Institución es pública (lo público, como la democracia representativa, no acaba siendo más que una entelequia al servicio de la clase dominante, que nunca es la mayoritaria), mientras que la institución es popular, pertenece al pueblo. Nada más que decir
En definitiva, la mayúscula no es más que la deformación y elevación a categoría de un objeto determinado o indeterminado. El que etiqueta un objeto singular y lo pasa a general, normalmente genera una distorsión ayudado por la mayúscula, ESA GRAN TIRANA del reino del lenguaje escrito (en lenguaje oral, necesita ser remarcada con un artículo enfatizando su sustantivo sobremanera, por ejemplo, diríamos LA mayúscula). ¡Abajo las mayúsculas!
En mi rama "pofesional" estudiamos el Derecho, un todo conjurado a ser un sistema cerrado (los positivistas así lo quieren) compuesto de normas (reglas y principios), costumbres y doctrina (jurisprudencial o académica). El derecho es todo lo contrario, lo no establecido, la oposición individual o de grupo a una determinada acción o la solicitud de una determinada acción por parte de la colectividad. Normalmente se dan muchas situaciones del tipo "el derecho contra el Derecho" en las que se contrasta el interés individual o de grupo con algo preestablecido. Hace años, mi inclinación hacia el derecho me ha ayudado a quitarme el corsé tan apretado que nos cosen durante la carrera, ese particular amor por una ciencia tremendamente exegética (análisis de las normas de derecho positivo, de las normas dictadas por el poder). Aviso para navegantes: yo no estudio el Derecho precisamente para mejorarlo, sino para mandarlo al ostracismo; el derecho es sólo un cincel con el que abrir o agrandar la brecha.
Del mismo modo, una institución es un hecho trascendente en la vida social, mientras que la Institución es un instrumento de dominación, una formalización de una posición privilegiada respecto de la sociedad. La Institución es pública (lo público, como la democracia representativa, no acaba siendo más que una entelequia al servicio de la clase dominante, que nunca es la mayoritaria), mientras que la institución es popular, pertenece al pueblo. Nada más que decir
En definitiva, la mayúscula no es más que la deformación y elevación a categoría de un objeto determinado o indeterminado. El que etiqueta un objeto singular y lo pasa a general, normalmente genera una distorsión ayudado por la mayúscula, ESA GRAN TIRANA del reino del lenguaje escrito (en lenguaje oral, necesita ser remarcada con un artículo enfatizando su sustantivo sobremanera, por ejemplo, diríamos LA mayúscula). ¡Abajo las mayúsculas!
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