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dimecres, 28 d’abril del 2010

La obediència és suïcida

L'obediència és suïcida
S'han col·lat dos esdeveniments en el meu cap que m'han portat a la reflexió que dóna títol a aquest escrit. El primer és el cas de la nena assassinada a Seseña i la tumultuosa reacció -mai millor dit- de la dreta demanant l'enduriment de la llei del menor. El segon és l'accident de l'avió polac que transportava mig govern inclós el cap d'Estat. De la petició d'enduriment de la llei del menor poca cosa a dir: no només és equivocat, sinó contraproduent, perquè el que necessita algú que assassina un altre és teràpia, no tancament. Una rehabilitació a temps pot salvar més vides, inclosa la vida de l'assassí, que no pas l'altra solució. Una educació basada en la mà dura no hagués evitat, segurament, la mort de la jove, i potser n'hagués produït més.

Aquesta especulació esdevingué evidència amb l'accident del president polac, l'ultrareligiós Lech Kaczynski. En els primers moments es va especular que el mateix president va donar l'ordre d'aterrar tot i que els tècnics desaconsellaven l'operació; des de la torre de control demanaven que es desplacessin a l'aeroport més proper. Aquesta dada de la notícia no s'ha confirmat. Imaginem que és certa, que el pilot no volia aterrar però per no contradir el cap d'Estat, va decidir intentar-ho. Aquí, a més, hi hauria un abús de poder, perquè en un avió no pot manar mai un passatger inexpert, sinó que manen els pilots. Però el cas és que el pilot sabia que si no obeïa estava fumut, podria haver perdut la feina, i és sota aquesta coacció que decideix intentar l'aterratge. Si imaginem que els esdeveniments són els que relatem, és a dir, que el president va donar l'ordre d'aterrar, la conclusió és que el pilot no va perdre la feina sinó la vida pròpia i la de 68 persones més per no atrevir-se a desobeïr. Gran resultat de l'educació típica del segle XX: 68 morts innocents, obedients, però innocents.

La obediencia es suicida

Se han colado en mi cabeza dos hechos que me han llevado a la reflexión que da título a este escrito. El primero es el de la niña asesinada en Seseña y la tumultuosa reacción -nunca mejor dicho- de la derecha pidiendo el endurecimiento de la ley del menor. El segundo es el accidente del avión polaco que transportava medio gobierno incluido el jefe de Estado. De la petición de endurecimiento de la ley del menor poca cosa hay que decir: no solamente és erróneo, sino contraproducente, porque lo que necesita alguien que asesina a otro es terapia, no encierro. Una rehabilitación a tiempo puede salvar más vidas, incluida la vida del asesino, que la otra solución. Una educación basada en la mano dura no hubiera evitado, seguramente, la muerte de la joven y tal vez hubiera producido más.

Esta especulación devino evidencia con el accidente del presidente polaco, el ultrareligioso Lech Kaczynski. En los primeros momentos se especuló que el mismo presidente había dado la orden de aterrizar, aunque los técnicos desaconsejaban la operación; desde la torre de control pedían que se desplazaran al aeropuerto más cercano. Este dato de la noticia no se ha confirmado. Imaginemos que es cierta, que el piloto no quería aterrizar pero para no contradecir al jefe de Estado, decidió intentarlo. Aquí, además, habría un abuso de poder, porque en un avión no puede mandar nunca un pasajero sin experiencia, sino los pilotos. Pero el caso es que el piloto sabía que si no obedecía estava perdido, podría haber perdido el trabajo, y es bajo esta coacción que decide intentar aterrizar. Si imaginamos que los acontecimientos son los que relatamos, es decir, que el presidente dio la orden de aterrizar, la conclusión es que el piloto no perdio el trabajo sino la vida propia y la de 68 personas más por no atreverse a desobedecer. Gran resultado de la educación típica del siglo XX: 68 muertos inocentes, obedientes pero inocentes.

dimecres, 16 de juliol del 2008

JUSTICIA: el paradigma de la especulación

A menudo oímos hablar del Pocero de Seseña como paradigma de la especulación, y esto no es del todo cierto; el Pocero de Seseña representa el paradigma de la corrupción, pero no el de la especulación. En Barcelona existe una promoción que constituye un ejemplo claro de lo que es la especulación inmobiliaria: ofrecer un producto a un precio sobredimensionado gracias a las expectativas de negocio futuro del mercado. Es el caso de la promoción Justicia, en el barrio de Porta Sóller de Nou Barris, en Barcelona.

La promoción se llama Justicia y la conforma un conjunto de viviendas (entorno a 70) de las cuales, más del 90% están vacías porque no se han vendido. Al promotor tanto le da si están vacías o no, sólo quiere sacarles el máximo beneficio vendiéndolas, por eso tampoco las alquila. Y además, al ser una promoción nueva, con acabados de lujo y bien comunicada, su valor no puede hacer más que aumentar con el paso del tiempo. Entonces, ¿por qué se llama "Justicia" una promoción especulativa con un alto valor antisocial? Esta pregunta es la más fácil de contestar: el promotor es el señor Justicia, un obrero del barrio que ha ganado mucho dinero construyendo y que vio el momento de adquirir un terreno y promover su propia construcción. El Sr. Justicia tiene cubiertas sus necesidades y el coste de la obra lo cubrió con sus ahorros, de tal manera que no tiene prisa por vender ni por poner los pisos a disposición de sus vecinos en régimen de alquiler o cualquier otro, por muy Injusta que sea esta situación. El típico caso del pelotazo obrero elevado a la máxima potencia (el pelotazo del proletariado se define por la compraventa de pisos, pero a pequeña escala).

Por tanto, esta promoción seguirá erguida y posiblemente vacía a menos que alguien lo remedie porque, para más INRI, esta promoción de semi-lujo está rodeada de muchas otras promociones construídas o en proceso de construcción que, posiblemente, tengan que rebajar precios para vender porque se trata de negocios corporativos.

De este modo doy por contestada la pregunta del "ilustre" director del master de gestión inmobiliaria de la Universidad de Barcelona, el dr. Bernardos. Él supone que la pregunta clave es la siguiente: ¿los promotores inmobiliarios prefieren arruinarse a rebajar los precios? Pues va a ser que no, que muchos de ellos no se han arruinado y no se arruinarán, de tal modo que pueden esperar al siguiente ciclo especulativo para colocar su mercancía que, paradójicamente, se identifica claramente con el objeto de nuestros deseos y derechos, las viviendas. El resto sufrirán los efectos de la rapiña, pero los que puedan aguantar el tirón se fortalecerán más. Incluso en el caso que tengan que rebajar márgenes vendiendo más barato, podrán ir al mercado que han destrozado a comprar más barato y seguir acumulando para cuando vuelvan las vacas gordas. Eso, claro está, siempre que nadie lo evite, y no me refiero únicamente a los políticos.