Me he decidido a entregar los anti-Oscar del Derecho, algo así como los Razzie para abogados. Y los premiados son:
- Mejor actor secundario: Santiago Muñoz Machado, por ser enjuiciado en un caso de alteración de estructura accionarial de las empresas de Berlusconi relacionadas con TeleCirco y luego, después de ser absuelto, querellarse contra Garzón por haber abierto el caso.
- Mejor acriz secundaria: Emilia Casas, presidenta del Tribunal Cosntitucional por asesorar a una abogada que llevaba un caso de violencia de género y decirle "si llega al Constitucional, me avisas".
- Mejor actor revelación: Al abogado Pau Molins, defensor del sr. Millet (el saqueador del Palau de la Música) por decir, en el programa Ágora excusando al señor Millet, que ya había pasado suficiente vergüenza confesando que había robado, como si el robar en sí mismo no fuera lo vergonzoso...
- Mejor iluminación: Macià Alavedra y Lluís Prenafeta, por saquear ayuntamientos a golpe de plan urbanístico y sorprenderse de que la cama de la trena no estuviera hecha.
Continuará...
dimarts, 24 de novembre del 2009
Los Anti-Oscar del Derecho
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dimarts, 13 d’octubre del 2009
Seguidores, no hay camino
Tenlo claro: si el resto te sigue es porque no saben dónde van o porque no saben ir. Tal vez la pregunta siguiente sea: ¿si tus seguidores no saben dónde van son buena compañía para el camino?
La situación ideal de un camino colectivo sería aquella en la que todos los que se acompañan saben dónde van, de tal manera que, aunque todos tengan su propio camino, el destino sea compartido y unos no necesiten instrucción ni instrucciones (mirada -escrita- así, esta palabra es más fea de lo que parece), porque si los necesitan es posible que estén perdidos, hayan perdido el mapa, ambas cosas a la vez, o incluso que no quieran saber hacia dónde se dirigen ni por qué derroteros irá su camino, o que no tengan ganas de mirar el mapa.
Los que no quieren mirar el mapa, mejor que no se pierdan, porque en ese caso, no tendrán ninguna posibilidad de retomar la dirección correcta; los que no quieren saber hacia dónde se dirigen o cuál será el recorrido no podrán hacer balance sobre el esfuerzo necesario ni la energía gastada y, en consecuencia, necesitarán infinidad de indicaciones en su errático caminar, perdiendo eficiencia; los que han perdido el mapa pueden tener alguna noción de dónde se encuentran, pero ante la oscuridad serán más vulnerables, y ante la tormenta no sabrán dónde refugiarse; los que simplemente están perdidos depositarán su fe ciega en otro caminante (y ya pueden tener suerte para dar con el que tiene mapa y sabe usarlo, porque si depositan su confianza en alguno de los de este párrafo, tienen un alto porcentaje de sufrir sus mismos errores).
Desde luego, hay gente que tiene diferentes caminos y diferentes destinos, sabiendo todos ellos dónde van. Estos pueden cruzarse, ayudarse, molestarse o caminar en paralelo. Siempre quedará la pregunta maldita, ¿podemos aspirar a tener todos el mismo objetivo, el mismo destino? La respuesta suele llamarse utopía pero el problema es que no se trata de un lugar, y por tanto sería incompatible con la misma idea de camino e incluso con el caminar. ¡En este caso, seguidos, seguidores y caminantes con su propio camino estarían todos equivocados!.
¿Es esto un lío? No, es un camino que no se recorre, que no existe porque el verdadero destino no es un lugar, sino un estado, una situación, una relación con el lugar en el que se esté, con la gente que mora a nuestro alrededor. Seguidores, no hay camino, el camino se hace al estar (que requiere algo más que "ser"). Eso sí, caminar puede constituir un irrenunciable placer.
La situación ideal de un camino colectivo sería aquella en la que todos los que se acompañan saben dónde van, de tal manera que, aunque todos tengan su propio camino, el destino sea compartido y unos no necesiten instrucción ni instrucciones (mirada -escrita- así, esta palabra es más fea de lo que parece), porque si los necesitan es posible que estén perdidos, hayan perdido el mapa, ambas cosas a la vez, o incluso que no quieran saber hacia dónde se dirigen ni por qué derroteros irá su camino, o que no tengan ganas de mirar el mapa.
Los que no quieren mirar el mapa, mejor que no se pierdan, porque en ese caso, no tendrán ninguna posibilidad de retomar la dirección correcta; los que no quieren saber hacia dónde se dirigen o cuál será el recorrido no podrán hacer balance sobre el esfuerzo necesario ni la energía gastada y, en consecuencia, necesitarán infinidad de indicaciones en su errático caminar, perdiendo eficiencia; los que han perdido el mapa pueden tener alguna noción de dónde se encuentran, pero ante la oscuridad serán más vulnerables, y ante la tormenta no sabrán dónde refugiarse; los que simplemente están perdidos depositarán su fe ciega en otro caminante (y ya pueden tener suerte para dar con el que tiene mapa y sabe usarlo, porque si depositan su confianza en alguno de los de este párrafo, tienen un alto porcentaje de sufrir sus mismos errores).
Desde luego, hay gente que tiene diferentes caminos y diferentes destinos, sabiendo todos ellos dónde van. Estos pueden cruzarse, ayudarse, molestarse o caminar en paralelo. Siempre quedará la pregunta maldita, ¿podemos aspirar a tener todos el mismo objetivo, el mismo destino? La respuesta suele llamarse utopía pero el problema es que no se trata de un lugar, y por tanto sería incompatible con la misma idea de camino e incluso con el caminar. ¡En este caso, seguidos, seguidores y caminantes con su propio camino estarían todos equivocados!.
¿Es esto un lío? No, es un camino que no se recorre, que no existe porque el verdadero destino no es un lugar, sino un estado, una situación, una relación con el lugar en el que se esté, con la gente que mora a nuestro alrededor. Seguidores, no hay camino, el camino se hace al estar (que requiere algo más que "ser"). Eso sí, caminar puede constituir un irrenunciable placer.
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dimarts, 6 d’octubre del 2009
Los espías son nuestros
Filtros, convenciones, códigos, cautelas (excesivas siempre). Cuando desconfiamos buscamos un culpable y no es otro que el que tenemos ante el espejo. Cuando intrigamos ocultándonos (porque criticamos a alguien a escondidas), generamos un conocimiento parcial que se puede considerar secreto y, por consiguiente y sin embargo, entonces difundido. Nuestras críticas siempre llegan al otro lado y el miedo nos empuja a ocultarlas, en vano, y lo sabemos e ignoramos.
Esta especie de esquizofrenia genera la sospecha del otro (el criticado) que ha conocido la crítica por una tercera, cuarta, quinta, sexta persona (en su peor versión, seguramente) y el aludido desconfía con lógica paranoia. Aquí hay una bifurcación, porque una persona clara intentaría asumir la crítica y arreglarlo de algún modo; por el contrario, una persona encegada, puede obrar vigilando al otro y todas las acciones que pueda emprender contra él, y conforma un dispositivo de espionaje. En todos los tiempos se han sucedido este tipo de estúpidos acontecimientos, consecuencia del devenir cruzado de dos covardías concatenadas. En realidad, los espías los creamos nosotros con nuestros secretos y escondites, con nuestra incapacidad de ser dignamente explícito, claro. De otro lado, actúan otros tipos de lenguaje más objetivos: en ese punto, hasta la verdad complica más las cosas. Los espías son nuestros, son consecuencia de nuestros actos y omisiones.
Cuando obramos con sinceridad y exponemos nuestra crítica, por cruda que sea, en público (normalmente cuando ya no tenemos nada que perder, es decir, en el peor momento), nuestra crítica suele ser más eficaz, máxime si es colectiva. Hagámoslo como costumbre y no como grito: propongo.
Contexto: un crítico televisivo entrevista a un presentador de informativos. Este periodista cubría una noticia sobre la represión hacia los estudiantes disidentes al Plan de Bolonia. La noticia televisiva fue criticada por todos, incluídos los estudiantes (en realidad, los únicos estudiantes que aparecían estaban encapuchados bandera en mano, ante una policía que cargo incluso contra periodistas); el periodista se excusa diciendo que los estudiantes habían puesto muchos filtros y era imposible acceder a ellos. Esta entrevista me ha obligado a pensar en las intrigas que nos traemos entre nosotros, entre los libertarios en Barcelona. No me refiero a los militantes exclusivamente, sino al resto de la ciudad, que también aspira a la liberación, pues todos nos escondemos de los fantasmas que creamos no solo en la lucha social, sino también en el trabajo, con nuestros conocidos, en el gimnasio, por la calle... Creo que el coste de la confianza es bajo en general e ínfimo a largo plazo. Saldremos ganando si hablamos con claridad y asumimos lo que pensamos mostrándoselo a los demás (la persona que domina una situación -la jefa, la compañera, la amiga- no quiere que le critiquen o que le desobedezcan), pero si todos hablásemos ante los demás con claridad, esas personas que pretenden dominarnos cejarían en su empeño de dominar y pasarían ser una compañer, como las demás. Yo sigo intentándolo. Por cierto, la excusa del periodista no es del todo creíble. Los estudiantes comunican sus motivos y sus decisiones colectivamente en comunicados que, en alguna ocasión, podrían ser leídos, explicados, resumidos o referenciados. Intentar buscar una persona sola para entrevistar -cuando entre muchos han elaborado un documento explicativo de su posición- no cuenta como trabajo, si no es complementando una información mucho más compleja, documentada y aséptica.
Esta especie de esquizofrenia genera la sospecha del otro (el criticado) que ha conocido la crítica por una tercera, cuarta, quinta, sexta persona (en su peor versión, seguramente) y el aludido desconfía con lógica paranoia. Aquí hay una bifurcación, porque una persona clara intentaría asumir la crítica y arreglarlo de algún modo; por el contrario, una persona encegada, puede obrar vigilando al otro y todas las acciones que pueda emprender contra él, y conforma un dispositivo de espionaje. En todos los tiempos se han sucedido este tipo de estúpidos acontecimientos, consecuencia del devenir cruzado de dos covardías concatenadas. En realidad, los espías los creamos nosotros con nuestros secretos y escondites, con nuestra incapacidad de ser dignamente explícito, claro. De otro lado, actúan otros tipos de lenguaje más objetivos: en ese punto, hasta la verdad complica más las cosas. Los espías son nuestros, son consecuencia de nuestros actos y omisiones.
Cuando obramos con sinceridad y exponemos nuestra crítica, por cruda que sea, en público (normalmente cuando ya no tenemos nada que perder, es decir, en el peor momento), nuestra crítica suele ser más eficaz, máxime si es colectiva. Hagámoslo como costumbre y no como grito: propongo.
Contexto: un crítico televisivo entrevista a un presentador de informativos. Este periodista cubría una noticia sobre la represión hacia los estudiantes disidentes al Plan de Bolonia. La noticia televisiva fue criticada por todos, incluídos los estudiantes (en realidad, los únicos estudiantes que aparecían estaban encapuchados bandera en mano, ante una policía que cargo incluso contra periodistas); el periodista se excusa diciendo que los estudiantes habían puesto muchos filtros y era imposible acceder a ellos. Esta entrevista me ha obligado a pensar en las intrigas que nos traemos entre nosotros, entre los libertarios en Barcelona. No me refiero a los militantes exclusivamente, sino al resto de la ciudad, que también aspira a la liberación, pues todos nos escondemos de los fantasmas que creamos no solo en la lucha social, sino también en el trabajo, con nuestros conocidos, en el gimnasio, por la calle... Creo que el coste de la confianza es bajo en general e ínfimo a largo plazo. Saldremos ganando si hablamos con claridad y asumimos lo que pensamos mostrándoselo a los demás (la persona que domina una situación -la jefa, la compañera, la amiga- no quiere que le critiquen o que le desobedezcan), pero si todos hablásemos ante los demás con claridad, esas personas que pretenden dominarnos cejarían en su empeño de dominar y pasarían ser una compañer, como las demás. Yo sigo intentándolo. Por cierto, la excusa del periodista no es del todo creíble. Los estudiantes comunican sus motivos y sus decisiones colectivamente en comunicados que, en alguna ocasión, podrían ser leídos, explicados, resumidos o referenciados. Intentar buscar una persona sola para entrevistar -cuando entre muchos han elaborado un documento explicativo de su posición- no cuenta como trabajo, si no es complementando una información mucho más compleja, documentada y aséptica.
dijous, 17 de setembre del 2009
De los hijos de puta reconocidos o cuando el lenguaje común es aprobado por sus señorías
Ayer me asaltó una gran noticia. Se anulaba un despido causado por la pronunciación de la expresión "hijo de puta" (atención, esto no tiene nada que ver con las putas que -hay que recordar- nunca dejarían que sus hijos fueran seres injustos y despreciables -policías, gerentes, ...). Pasa todos los días: el jefe no paga, el trabajador requiere el pago y este requerimiento no es atendido y llega un momento en el que el agredido económicamente agrede verbalmente al jefe (¡Eres un hijo de puta!). El Tribunal Superior de Justicia de Catalunya ha declarado en su sentencia que la degradación social del lenguaje hace que la expresión que pudiera parecer inofensiva sea de uso común.
Llevo ya un par de años predicando tan altísima reflexión (sarcasmo), en sesiones de seminario, en artículos y papers y siempre parecía encontrarme con dos tipos de reacciones. La una, pública, me decía que el honor de las personas impide el insulto, que lo políticamente correcto es el que no ofende y el que no expresa rechazo. La otra, subterfugio político, me decía que cómo podía estar defendiendo a gentuza que se dedica a ir insultando por ahí a Ramoncín.
Lo primero no lo comparto (y yo siempre decía, como en una expresión de meditación sociológico-jurídica, que el problema era que esas sentencias las dictaba el prototipo de juez conservador -blanco, hombre, viejo- que nada sabe de la vida ni sus diatribas), lo segundo me indignaba. Desde la persecución de Lenny Bruce, que fue perseguido por su famoso blow-job (mamada) hasta la del foro donde el último pre-subversivo insultaba a Ramoncín, todos ellos son caso de (cuidao!) renuncia a la relidad. Peor aún, se negaban a aceptar un debate filosófico, jurídico y racional sobre el lenguaje de la calle y las diversas aristas de la realidad. Porque Ramoncín es realmente un gilipollas: ¿qué es sino un tipo que se hizo famoso como subversivo execrando sobre la moral y que luego perseguía a todo aquél que le faltara el respeto? Pues sí, un gilipollas, con todas sus letras. La reflexión que cabía hacer a nivel jurídico y filosófico es simple. La vulneración del honor se mide por la estima que se tiene una persona de si misma (así hubiera sido imposible insultar hasta al peor de los violadores), cuando tal vez el canon debería ser la honra pública del personaje, el amor que el público tiene por una persona (en el caso de Ramoncín, evidentemente es 0 lo que permitiría llamarle hijo puta, cual patrón).
Hasta hace poco creía que había una tendencia totalitaria (orwelliana) a regular todos los actos del lenguaje humano. Pero las referencias comunes son nuestras (y cuando digo nuestras digo de todos, sin exclusión) y eso no nos lo pueden robar. ¿Puede prohibirme una empresa (pongamos El País) explicarle una noticia que he leído en su diario a otra persona porque esta otra persona no ha pagado por esa información? ¿Y aprendérmela de memoria? Desde luego que no, y hasta ahora parecía que sí. No sabemos si hemos acabado de rechazar la realidad, si estamos saliendo de un pozo o si simplemente un rayo de luz ha escapado de la irracionalidad. El caso es que por unos instantes me he sentido más libre. No he acudido a la puerta de mi jefa a decirle que es un hijo de puta porque en realidad no lo es, todo lo contrario, pero he dormido más tranquilo sabiendo que el que tiene por jefe a un hijo de puta no tendrá que sufrir ni por pensarlo ni por decirlo. No se si estamos en diciembre de 1984, pero al menos parece que va a nevar.
Llevo ya un par de años predicando tan altísima reflexión (sarcasmo), en sesiones de seminario, en artículos y papers y siempre parecía encontrarme con dos tipos de reacciones. La una, pública, me decía que el honor de las personas impide el insulto, que lo políticamente correcto es el que no ofende y el que no expresa rechazo. La otra, subterfugio político, me decía que cómo podía estar defendiendo a gentuza que se dedica a ir insultando por ahí a Ramoncín.
Lo primero no lo comparto (y yo siempre decía, como en una expresión de meditación sociológico-jurídica, que el problema era que esas sentencias las dictaba el prototipo de juez conservador -blanco, hombre, viejo- que nada sabe de la vida ni sus diatribas), lo segundo me indignaba. Desde la persecución de Lenny Bruce, que fue perseguido por su famoso blow-job (mamada) hasta la del foro donde el último pre-subversivo insultaba a Ramoncín, todos ellos son caso de (cuidao!) renuncia a la relidad. Peor aún, se negaban a aceptar un debate filosófico, jurídico y racional sobre el lenguaje de la calle y las diversas aristas de la realidad. Porque Ramoncín es realmente un gilipollas: ¿qué es sino un tipo que se hizo famoso como subversivo execrando sobre la moral y que luego perseguía a todo aquél que le faltara el respeto? Pues sí, un gilipollas, con todas sus letras. La reflexión que cabía hacer a nivel jurídico y filosófico es simple. La vulneración del honor se mide por la estima que se tiene una persona de si misma (así hubiera sido imposible insultar hasta al peor de los violadores), cuando tal vez el canon debería ser la honra pública del personaje, el amor que el público tiene por una persona (en el caso de Ramoncín, evidentemente es 0 lo que permitiría llamarle hijo puta, cual patrón).
Hasta hace poco creía que había una tendencia totalitaria (orwelliana) a regular todos los actos del lenguaje humano. Pero las referencias comunes son nuestras (y cuando digo nuestras digo de todos, sin exclusión) y eso no nos lo pueden robar. ¿Puede prohibirme una empresa (pongamos El País) explicarle una noticia que he leído en su diario a otra persona porque esta otra persona no ha pagado por esa información? ¿Y aprendérmela de memoria? Desde luego que no, y hasta ahora parecía que sí. No sabemos si hemos acabado de rechazar la realidad, si estamos saliendo de un pozo o si simplemente un rayo de luz ha escapado de la irracionalidad. El caso es que por unos instantes me he sentido más libre. No he acudido a la puerta de mi jefa a decirle que es un hijo de puta porque en realidad no lo es, todo lo contrario, pero he dormido más tranquilo sabiendo que el que tiene por jefe a un hijo de puta no tendrá que sufrir ni por pensarlo ni por decirlo. No se si estamos en diciembre de 1984, pero al menos parece que va a nevar.
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dimecres, 26 d’agost del 2009
Profana, que algo queda
Lectures d'estiu... he tingut temps per fotre-li una llegida al llibre que em va tocar a la feina per Sant Jordi. És “Què vol dir ser contemporani?”, de Giorgio Agamben, un filòleg i filòsof, és a dir, un amant del sentit de les paraules. Defineix la persona contemporània com aquella que està més enllà de la seva societat, algú que hi veu la seva foscor... Aquest text està prou bé, en recomano la lectura. Però l'edició d'Arcàdia inclou també altres dos textos (tots dos són curts perquè són discursos pronunciats normalment davant la concessió d'un premi): 1) Què és un dispositiu? I, 2) l'Amic. El primer, relatiu als dispositius m'ha semblat digne de ressenya.
En el món dels humans hi ha bàsicament dues coses, la natura i allò artificial, fruit del treball de l'home. El dispositiu és una xarxa d'elements que fa una funció. L'exemple, lamentablement, més clar és el dispositiu policial: hi ha objectes, persones, ordres a complir en determinades circumstàncies i també persones (...). Agamben està amoinat perquè vivim en un món (aquesta darrera etapa del capitalisme) saturat de dispositius que coarten la llibertat humana. I treu a col·lació un altre concepte:
“[...] 8. Això vol dir que l'estratègia que hem d'adoptar en la nostra pugna amb els dispositius no pot ser senzilla, ja que es tracta d'alliberar allò que ha estat capturat i separat a través dels disposisitus per restituir-ho a un possible ús comú. És des d'aquest punt de vista que ara us voldria parlar d'un concepte del qual he tingut l'avinentesa d'ocupar-me recentment. Es tracta d'un terme que prové de l'esfera del dret i de la religió romans (dret i religió estan estretament connectats, no només a Roma): profanació [...] I si consagrar (sacrare) era el terme que designava aquesta separació de les coses de l'esfera del dret humà, profanar significava per contra restituir-les al lliure ús dels homes. Es diu profà, segons escrivia el gran jurista Trebaci, en sentit estricte, a allò que era sagrat o religiós i que és restituït a l'ús i a la propietat dels homes”.
Agamben no parla de tot el que hi ha més enllà: tots els delictes consagrats (verbigràcia) als profanadors dels dispositius que els han construit per interessos foscos, ni tots els sacrificis humans que comporta la profanació (el sacrifici se l'enduen només un grapat de persones mentres que el benefici de la profanació és per a tota la societat), ja sigui criticant o atacant institucions, costums o d'altres sistemes de control social que condicionen o limiten les nostres activitats, els nostres comportaments, la nostra llibertat.
Cada dia tinc més clar que no es poden destruir bona part dels dispositius existents en un sol dia, aquells que emparen l'abús, i també que segurament tard o d'hora la necessitat ens hi portarà, però també sé que només un esdeveniment extraordinari ho podria provocar. Mentres esperem podem anar desmuntant-los un a un, que per petit que sigui el resultat que n'obtindrem i per gran que sigui el sacrifici que hi posem, algo quedarà i que, poc a poc, arribarem a un món que comptarà, com a molt, amb dispositius efímers i superables, situació que també s'ha anomenat utopia. Crec que profanar allò que ens fa esclaus és un bon tribut a tots aquells que han fet alguna passa cap endevant. Per tant, la meva estratègia és clara: profana, que algo queda.
En el món dels humans hi ha bàsicament dues coses, la natura i allò artificial, fruit del treball de l'home. El dispositiu és una xarxa d'elements que fa una funció. L'exemple, lamentablement, més clar és el dispositiu policial: hi ha objectes, persones, ordres a complir en determinades circumstàncies i també persones (...). Agamben està amoinat perquè vivim en un món (aquesta darrera etapa del capitalisme) saturat de dispositius que coarten la llibertat humana. I treu a col·lació un altre concepte:
“[...] 8. Això vol dir que l'estratègia que hem d'adoptar en la nostra pugna amb els dispositius no pot ser senzilla, ja que es tracta d'alliberar allò que ha estat capturat i separat a través dels disposisitus per restituir-ho a un possible ús comú. És des d'aquest punt de vista que ara us voldria parlar d'un concepte del qual he tingut l'avinentesa d'ocupar-me recentment. Es tracta d'un terme que prové de l'esfera del dret i de la religió romans (dret i religió estan estretament connectats, no només a Roma): profanació [...] I si consagrar (sacrare) era el terme que designava aquesta separació de les coses de l'esfera del dret humà, profanar significava per contra restituir-les al lliure ús dels homes. Es diu profà, segons escrivia el gran jurista Trebaci, en sentit estricte, a allò que era sagrat o religiós i que és restituït a l'ús i a la propietat dels homes”.
Agamben no parla de tot el que hi ha més enllà: tots els delictes consagrats (verbigràcia) als profanadors dels dispositius que els han construit per interessos foscos, ni tots els sacrificis humans que comporta la profanació (el sacrifici se l'enduen només un grapat de persones mentres que el benefici de la profanació és per a tota la societat), ja sigui criticant o atacant institucions, costums o d'altres sistemes de control social que condicionen o limiten les nostres activitats, els nostres comportaments, la nostra llibertat.
Cada dia tinc més clar que no es poden destruir bona part dels dispositius existents en un sol dia, aquells que emparen l'abús, i també que segurament tard o d'hora la necessitat ens hi portarà, però també sé que només un esdeveniment extraordinari ho podria provocar. Mentres esperem podem anar desmuntant-los un a un, que per petit que sigui el resultat que n'obtindrem i per gran que sigui el sacrifici que hi posem, algo quedarà i que, poc a poc, arribarem a un món que comptarà, com a molt, amb dispositius efímers i superables, situació que també s'ha anomenat utopia. Crec que profanar allò que ens fa esclaus és un bon tribut a tots aquells que han fet alguna passa cap endevant. Per tant, la meva estratègia és clara: profana, que algo queda.
Dime qué haces tú por obligación y te diré qué haría yo por necesidad
Dedicado a todos aquellos que dicen que este mundo no funcionaría sin policía o ejércitos, sin dinero o sin horarios; sólo tengo una cosa que decirles, y es que si consiguiéramos ver el mundo a través del prisma de nuestras necesidades, seríamos capaces de afrontar retos muchos más ambiciosos de los que podemos asumir, mirando con estas lentes hechas a medida del que las fabrica.
dijous, 13 d’agost del 2009
Nuestras victorias son invisibles
Nuestras victorias son invisibles, pero existen y son como espectros que pueden aparecer en cualquier momento para dar clarividencia de nuestros éxitos como sociedad en el camino largo y duro hacia la libertad.
Ejemplos no voy a dar, porque no quiero escribir un post largo. Os voy a dar la manera de buscar ejemplos (esto es como lo del pez y la caña). Sólo tenéis que tomar a personas de diferentes generaciones por encima, enseñarles el mundo tal y como es, y luego preguntarles: ¿cómo era esto en tu época?. Así:
- Papá, esos señores de negro salen mucho por la televisión, pero nadie va a la iglesia y pocos se casan, y los que lo hacen sólo buscan una fiesta especial. ¿Cómo era en tu época?
ó
- Abuela, tío, ayer estuve con una chica y nos lo pasamos bien toda la noche, hasta el amanecer, tuvimos relaciones sexuales y nos intercambiamos el teléfono, no sé si llamarla porque fue divertido, pero... ¿cómo era en vuestra época?
ó
- Mira, mamá, yo quiero estudiar humanidades, porque creo que me puede enriquecer como persona y, si encuentro un trabajo, tengo más posibilidades de que ese trabajo sea de mi agrado. ¿Como era en tu época?
...y así hasta el infinito y más allá...
Haced unas cuantas preguntas y comprovaréis que la respuesta siempre empieza con un: "uy, en mi época...". Entonces sabréis que hubo muchos luchadores que vencieron para nosotros, aunque esas victorias fueran invisibles. ¿Alguien duda de que el mejor tributo que podemos hacerles es seguir avanzando, aunque cueste caro?.
Ejemplos no voy a dar, porque no quiero escribir un post largo. Os voy a dar la manera de buscar ejemplos (esto es como lo del pez y la caña). Sólo tenéis que tomar a personas de diferentes generaciones por encima, enseñarles el mundo tal y como es, y luego preguntarles: ¿cómo era esto en tu época?. Así:
- Papá, esos señores de negro salen mucho por la televisión, pero nadie va a la iglesia y pocos se casan, y los que lo hacen sólo buscan una fiesta especial. ¿Cómo era en tu época?
ó
- Abuela, tío, ayer estuve con una chica y nos lo pasamos bien toda la noche, hasta el amanecer, tuvimos relaciones sexuales y nos intercambiamos el teléfono, no sé si llamarla porque fue divertido, pero... ¿cómo era en vuestra época?
ó
- Mira, mamá, yo quiero estudiar humanidades, porque creo que me puede enriquecer como persona y, si encuentro un trabajo, tengo más posibilidades de que ese trabajo sea de mi agrado. ¿Como era en tu época?
...y así hasta el infinito y más allá...
Haced unas cuantas preguntas y comprovaréis que la respuesta siempre empieza con un: "uy, en mi época...". Entonces sabréis que hubo muchos luchadores que vencieron para nosotros, aunque esas victorias fueran invisibles. ¿Alguien duda de que el mejor tributo que podemos hacerles es seguir avanzando, aunque cueste caro?.
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